lunes, 22 de abril de 2024

Capítulo 30. Siempre me sorprende la ingenuidad de la gente

 




Despierto con la sensación de haber descansado durante toda una semana. La mujer que se interesó por el estado de Lisa me contempla con su eterna sonrisa, sentada en el suelo del remolque y con la espalda apoyada sobre una caja de cartón que probablemente guarde lo poco que le queda en la vida. Después me entero de que su marido lucha en el frente y que no tiene noticias de él desde hace más de una semana.

Me dice que Lisa ha tomado un poco de pan y unos sorbos de agua de su cantimplora, pero que sigue desconectada. Ya no está en mis brazos, sino que descansa sobre una manta en el suelo. Me acerco a ella y la observo con detenimiento. Creo que hay un cambio en sus ojos, que empieza a reaccionar. Soy consciente de que cuando vuelva en sí tendré un problema, pero ya cruzaré ese puente en su momento.

Hemos avanzado lo suficiente como para dejar atrás lo peor de la guerra, es lo que se comenta en el interior del camión. No han visto tropas rusas desde que salimos de Fontanka, y ahora nos encontramos a pocos kilómetros de Kiev. Es el destino final para la mayoría de mis compañeros de viaje.

Pregunto si alguien tiene planeado continuar camino hasta Polonia. Algunos vuelven la cabeza, otros me miran con extrañeza.

-En Kiev estaremos seguros. No se atreverán a bombardearla. Europa y Estados Unidos no se lo permitirían –me asegura un chico joven que viaja con su esposa y un bebé de meses.

Los demás asienten, dándole la razón. Yo oculto una sonrisa. Me sorprende la ingenuidad de esta gente a pesar de la experiencia vivida. Todavía no quieren aceptar el desastre que se avecina. Muy bien, pronto tendrán que hacerlo.

En cualquier caso, me urge encontrar un medio de transporte, ya que aún nos separan novecientos kilómetros de mi destino. Necesitaré hablar a solas con el conductor en cuanto se detenga.

La niña parpadea y mueve la cabeza en todas direcciones. Después nos mira a todos con sorpresa, deteniéndose finalmente en mí.

-Hola, Lisa. Ya era hora de que regresaras –le digo en el tono más afectuoso que puedo.  

Vuelve a parpadear, y su rostro enrojece de angustia. Está claro que no me reconoce.

Creo que acabo de llegar al dichoso puente. Ahora toca cruzarlo.

-Soy tu tío Iván, el de España, ¿no te acuerdas? Estaba con vosotros cuando cayeron las bombas.

Ella persiste en su silencio. Por su rostro comienzan a rodar gruesas lágrimas que se oscurecen al contacto con su piel tiznada. La mujer que la ha cuidado mientras dormía se apresura a limpiárselas con un pañuelo, más sucio si cabe que el rostro de la niña.

-¿Y mamá…? ¿Y mi hermano?

La miro con gravedad sin contestar, tan solo un leve movimiento negativo de mi cabeza. Ella comprende. Rompe a llorar y se arroja a los brazos de la mujer, que la recibe con gesto conmovido.

Valoro mis opciones. Quizá sea esta una buena oportunidad para deshacerme de la cría. He logrado llegar a Kiev, y no sé lo que me encontraré más adelante, ya que carezco de medios para informarme sobre el estado de la guerra. Podría suponer un estorbo para lo que me resta de viaje.

-Señora –le digo, aprovechando el momento de cercanía-. Por diversas razones yo he proseguir viaje hasta Polonia. Tal y como están las cosas, sería peligroso para la pobre Lisa. Además, necesita descanso y atención médica. ¿Podría usted hacerse cargo de ella temporalmente?

-Pero… no me conoce… ni yo a usted.

-No hace falta. Me parece una buena persona y sé que cuidará de ella. Y sería solo durante pocos días. En cuanto me sea posible regresaré para llevarla a España. Tome, aquí tiene mi teléfono –le digo, apuntándole en un papel el primer número que me viene a la cabeza, junto a mi nombre falso.  

Ella mira a su propia hija, la joven que me ayudó a subir con la niña al camión, que asiente con aire trémulo.

-Supongo… supongo que es lo mejor, dadas las circunstancias. Está bien, señor… -lee la nota que acabo de entregarle- Kovalenko. La cuidaré lo mejor que pueda hasta su vuelta.

-Estoy seguro de ello. Muchas gracias.

Una hora después el camión se detiene y todos comienzan a descender con perezosa lentitud. La mujer me ha proporcionado sus datos de contacto, que yo finjo grabar en mi teléfono móvil. Se llama Halyna no-sé-cuántos. También me presenta a su hija Anna. Un placer en conocerlas, les digo, feliz de poder deshacerme de la niña.

El camión ha estacionado en un arrabal de Kiev, donde aguarda un autobús con el motor en marcha. Imagino que la llegada de refugiados debe ser el pan de cada día y la ciudad ha habilitado transporte para ellos. El conductor me informa que la mayoría serán trasladados a un pabellón deportivo donde se ha organizado una especie de refugio.

-¿Y usted? Dicen que sigue camino hasta la frontera con Polonia.

-Así es. Por esa razón quería pedirle el favor…

-No, no. –El joven parece asustado-. Yo no puedo llevarle más lejos. Debo regresar a Fontanka. Acaban de anunciar nuevos bombardeos en el puerto de Odesa.

-Lo comprendo, pero no me ha entendido. Solo quiero que me lleve al siguiente pueblo, Nyvky. Creo que está a media hora de Kiev. Le pagaré bien, se lo prometo.

El joven vacila durante un breve segundo, pero enseguida veo que su semblante se ha aclarado y en sus ojos ahora brilla el interés. Un dinero fácil, debe estar pensando, que le permitirá comprar ropa y alimentos.

-Pago en euros –le digo para terminar de convencerle.

-Está bien, suba a la cabina antes de que me arrepienta.

-¿Podría ayudarme con mis bártulos? Tengo una herida en la pierna, y todavía me cuesta andar.

-No hay problema –responde con una amplia sonrisa.

Siempre me sorprende la ingenuidad de la gente. De veras.

 

viernes, 12 de abril de 2024

Capítulo 29. Pasajeros de la miseria

 




Tengo que parar. Hemos llegado a las afueras del pueblo, y ahora avanzamos por una carretera secundaria que cruza campo abierto, donde corremos el riesgo ser interceptados por cualquier patrulla del ejército. Mis piernas todavía no están preparadas. Aunque soy capaz de caminar con alguna dificultad, me fatigo enseguida. A ello se suma el peso muerto de la niña que transporto sobre mis hombros.

Me planteo abandonarla allí mismo, junto a la carretera, y adentrarme en el bosque circundante, pero desecho la idea. Sospecho que no llegaría muy lejos. Además, comienzo a intuir que esa niña me ha de ser útil en el futuro, y si en algo confío ahora es en mi propio instinto.

De pronto, llega hasta nosotros el rumor lejano de un vehículo aproximándose. Por el estruendo que produce el motor, debe tratarse de un camión grande. Tomo una decisión rápida, de nuevo, guiado por mi intuición. Me aparto de la carretera para sentarme en el arcén, junto a una roca del camino. Acomodo a la niña entre mis brazos, como si estuviera acunándola, y saco algo de comida y un poco de agua.

Se trata de un camión civil, probablemente cargado de familias que huyen de los bombardeos. Cuando llegan a mi altura, levanto un brazo para pedir ayuda. El conductor reduce la velocidad hasta detenerse del todo al llegar a nuestra altura. Un hombre joven, casi adolescente. Su rostro afilado está cubierto de magulladuras y tiene un ojo amoratado.

-¿Estás solo? –me pregunta, bajando la ventanilla.

-Viajo con mi sobrina enferma.

-No pareces de aquí –me recrimina al escuchar mi acento. 

-Tranquilo, amigo, no soy ningún espía ruso. Nací en Ucrania, pero he vivido en España desde niño. Me alojaba con mi hermana, Herda Kovalenko. –Por fortuna, recuerdo el apellido de la enfermera-. Era la madre de Lisa. Murió durante el bombardeo, junto con el resto de nuestra familia.

Lo he apostado todo a una carta. Si en ese camión viaja algún conocido de Herda, estoy perdido, porque sabrá que no existe el hermano español. Sin embargo, ¿qué salida tengo?

-De acuerdo, podéis subir si queréis. No queda mucho espacio, pero no puedo dejaros aquí. La niña no sobreviviría. Los rusos… no se dedican solo a matar –añade rabioso.

No tengo que pedirle aclaraciones, deduzco que se está refiriendo a las violaciones que suelen cometer la mayoría de los ejércitos cuando invaden un país. Es algo que no ha cambiado con el paso de los siglos.

Alguien me ayuda con la niña. Una chica joven, que afortunadamente no da muestras de reconocerla. Lisa no se inmuta, sus ojos ni siquiera parpadean, y su cuerpo se ha convertido en un trozo de cera flexible, un juguete de plastilina.

-¿Qué le sucede? –me pregunta.

-No lo sé. Está así desde el bombardeo.

-Se le pasará –afirma convencida.

Yo no estoy tan seguro.

En el remolque me toca compartir espacio con otras ocho personas en algo menos de seis metros cuadrados. La mayoría son mujeres con sus hijos pequeños, y veo a un par de ancianos, como los que me encontré en mitad de la calle hace unas horas. Al menos, no pasaré frío.

Hacinado entre esta gente miserable, mientras soporto la pestilencia a sudor y sangre que desprenden, no puedo evitar acordarme de mi lujoso ático en Madrid. Sobre todo, añoro mi cama, mi cama. También me hago preguntas acerca de lo que me espera a mi regreso. Sobre el papel, nada de aquello me pertenece ya. Aunque guardo un as en la manga. Alguien que ha pasado por lo que yo he pasado, sabe que siempre debe haber un plan B. Y yo tengo listo un plan B para mi plan B.

Pero aún queda mucho para llegar a eso.  

-Espero que su hija se recupere –me dice una de las mujeres en tono amable. Debe ser la madre o la hermana mayor de la que me ha ayudado con la niña.

-No es mi hija, sino mi sobrina. Yo también lo espero. Es lo que más preocupa en el mundo en estos momentos.

-Dios velará por ella –me asegura, y esboza una insulsa sonrisa.

En lugar de contestar, cierro los ojos y trato de dormir. Yo también necesito recuperarme.

 

 

jueves, 4 de abril de 2024

Capítulo 28. Catatónica

 



Lo primero que noto es el frío. Por lo que sé, nos hallamos a primeros de marzo, un mes gélido en esta parte de Europa. El calor de la niña, acurrucada sobre mi pecho, proporciona un poco de alivio, pero enseguida me doy cuenta de que tengo que buscar algo de abrigo.

La solución se presenta cuando apenas he recorrido un par de calles. Una pareja de ancianos yace boca arriba en medio de la carretera, todavía cogidos de la mano. Cuando me acerco, descubro que no han muerto a causa del bombardeo; un racimo de orificios de bala recorre ambos cuerpos, desde la cintura hasta la cara. Sus ojos abiertos todavía brillan en mitad de la noche. Por su expresión de sorpresa, deduzco que no han llegado a ver al autor de los disparos.

Por suerte, viajaban abrigados.

Dejo a la niña sobre la acera, y después de echar una ojeada alrededor por si todavía anduviese cerca el autor de los disparos, despojo a los dos viejos de sus anoraks. Aunque perforados, servirán de momento. La niña, Lisa, me contempla en silencio desde una acera cercana, sorbiéndose los mocos. Tiene la mirada perdida. Tanto mejor, si está en shock, no podrá ocasionarme problemas

Después registro sus cuerpos, en los que no encuentro más que papeles sin valor y un puñado de grivnas, la moneda oficial ucraniana. Cuento cuatro billetes de quinientos y dos de mil, al cambio, unos cien euros. En las mochilas, hay comida.

No han sido ladrones comunes, por tanto, sino soldados rusos que probablemente llevaban cierta prisa.

-Toma –le digo a la niña, arrojándole el abrigo de la vieja-. Póntelo.

La niña no responde. Ni siquiera hace ademán de coger la prenda, a pesar de que está tiritando. Solo me observa con sus grandes ojos azules carentes de expresión.

Cuando termino con los ancianos, me acerco a ella y la examino con más atención. Sus pupilas son dos puntos diminutos que parecen dibujados sobre el iris, como los de una muñeca.

Catatónica.

La envuelvo yo mismo en el abrigo y me la echo al hombro, como si fuera un fardo. En estos momentos no deseo perderla, si me tropezara con alguna avanzadilla, esta cría podría serme de gran utilidad. De hecho, su actual estado supone una ventaja. Me permitirá inventar cualquier historia sin miedo a que la niña me desmienta.

Y ahora, ¿qué?

Lo primero, buscar un transporte, el que sea. No llegaremos muy lejos a pie, y no solo por las condiciones atmosféricas. La pareja de ancianos que acabo de desvalijar es la prueba de ello. Por otra parte, la frontera con Polonia está a más de mil trescientos kilómetros de mi posición. Mil trescientos kilómetros de llanura, bosque y pueblos devastados donde podemos encontrarnos tropas de cualquiera de los dos bandos. 

Pero no hay nada a mi alrededor. Las calles permanecen desiertas, ningún vehículo se atreve a aventurarse. Nadie, nada, salvo nosotros, la niña y yo. Echo a andar pegado a las paredes de los edificios que aún se tienen en pie sin dejar de observar a mi alrededor. A causa de mi encierro, no sé mucho sobre los acontecimientos de la guerra, pero sí bastante acerca del comportamiento humano. Por regla general, la gente es estúpida y cobarde. Imagino que, en estos momentos, mientras huimos en mitad de la noche helada, estamos siendo observados por miles de ojos desde las ventanas aparentemente cegadas que nos rodean.

No se atreverán a ayudarnos, y tampoco lo pretendo. Para mí es suficiente que nadie se entrometa.

 

jueves, 28 de marzo de 2024

Capítulo 27. Destrucción




Cuando sucede, sucede rápido.

Al principio, lo confundo con un terremoto. El estruendo ensordecedor hace que olvide por el momento que me encuentro en mitad de una guerra. El estallido me ha sorprendido en la cama, ya que el ataque se ha producido de noche, como viene siendo costumbre.

En cuanto me percato de lo que sucede, me arrojo al suelo y repto bajo el colchón para protegerme de la lluvia de cascotes que cae encima de mí. En la cama se queda Herda, sobre la que se ha derrumbado parte del techo. Creo que ha muerto, aunque no estoy seguro. Tampoco tengo interés en averiguarlo.

Me encuentro a ras de suelo y desde allí solo puedo ver una densa polvareda rojiza, producto de los restos de ladrillo pulverizado que ha provocado la explosión. Nos han bombardeado, esta vez nos ha tocado a nosotros. De hecho, aún continúan escuchándose deflagraciones muy cerca de la casa, al otro lado de la calle. Calculo que aquello durará unos quince minutos. Luego habrá una pausa antes de volver a comenzar, con un poco de suerte, en una barriada diferente.

-Mis hijos… salva a mis hijos…

Es la voz sibilante, estertorosa, de Herda, que me llega desde arriba. No ha muerto aún, pero no le debe quedar mucho. Al mismo tiempo, como si hubieran escuchado la voz de su madre, se oyen los gritos de auxilio de uno de los niños. Creo que es Lisa.

-Maty… maty…

Me arrastro por el suelo, casi cegado por la polvareda, y compruebo que la puerta de mi habitación ha quedado reducida a un amasijo de tablones. Apoyándome en uno de ellos logro ponerme en pie. De repente, me siento más fuerte. Debe ser la adrenalina que inunda mi circuito nervioso. Antes de seguir, echo una ojeada a la enfermera. Un par de segundos me bastan para percatarme de que no tiene solución. Está muerta, o pronto lo estará. Apenas respira. Incluso me sorprende que haya tenido fuerzas para pedir ayuda.

En el salón no queda nada reconocible. El sillón, la pequeña mesa donde acostumbrábamos a comer, el televisor, el mueble platero, la cocina, todo.

Nada.

Solo polvo, sangre y olor a muerte.

Mi primera idea es la de escapar a la calle y enfrentarme a lo que sea que me esté aguardando ahí fuera. En el momento en que me dirijo hacia lo que queda de lo que antes era la entrada, vuelvo a escucharlo:

-Maty… maty…

Es la niña de ocho años, Lisa. Todavía vive, y por el tono de su voz, no debe haber sufrido heridas graves. Me freno en seco y medito un instante. Sí, eso es, me digo.

Me desvío hacia la habitación donde duermen junto a su abuelo e intento abrir la puerta. No cede al principio, probablemente se halle obstaculizada por algún mueble. Reúno mis fuerzas y echo todo el peso de mi hombro, logrando que se deslice unos centímetros.

Solo puedo ver a Lisa, arrodillada junto a la puerta. En la cama que compartía con su hermano y el viejo, lo único que queda es una montaña de escombro, en la que se adivinan algunos restos de sus cuerpos desmembrados.

-Ven conmigo.

-¿Maty…?

-Tu madre está muerta. Todos están muertos. Ven conmigo, si quieres vivir.

Me tiende los brazos y yo la alzo para ayudarla a salir. Después salgo a la calle con ella. No se me ocurre mejor salvoconducto para atravesar u pueblo arrasado por las bombas.

jueves, 21 de marzo de 2024

Capítulo 26. No hay nada más importante que la familia

 


Han pasado tres días desde que me levanté por primera vez de la cama, y aunque las cosas han mejorado algo, comienzo a sentirme inquieto. Herda me apremia para que tenga paciencia. Me asegura que las calles están infestadas de soldados, de uno u otro bando. Podría ser detenido o peor, asesinado, ya que los hombres jóvenes se consideran objetivos prioritarios. Ahora, en Ucrania, todos son soldados.

Me ha presentado a sus hijos como un pariente lejano, un primo de su padre que trabaja en España. La más pequeña, Lisa, no parece preocupada, incluso creo que le caigo bien, pero Vasili, su hermano, me dirige de vez en cuando alguna mirada rara. Ahora ninguno va al colegio, así que me veo obligado a pasar el día aquí encerrado con ellos. Y con el viejo, claro.

Puto ciego. No me dirige la palabra, cosa que, por otra parte, me da exactamente igual, y cuando escucha mi voz, vuelve la cara hacia otro lado o me dedica un gesto obsceno. Algunos ciegos deben pensar que los demás también lo somos. Repito: puto ciego de los cojones.

Es una situación odiosa. Me he planteado la posibilidad de liquidarlos a todos, pero eso significaría quedarme incomunicado. Herda es ahora la única que puede moverse con cierta libertad. Ella nos provee de comida y noticias. Y el ciego tenía razón, en cuanto ponga un pie en la calle soy hombre muerto o preso.

Paso el tiempo haciendo ejercicio, comiendo y durmiendo. Finjo ser el amable primo Markus de España al que le encantan los niños. Y por la noche, me convierto de nuevo en enamorado amante. Herda ha adoptado la costumbre de visitarme en cuanto se han acostado todos, así que me veo obligado a joder con ella por mucho que me repugne.

Tres días. Tres putos días, y apenas soy capaz de arrastrarme por la casa apoyándome en los muebles. A veces se me olvida que hasta hace un mes era incapaz de sentir nada de cintura para abajo. Pero así son las cosas.

-Dicen que la guerra terminará pronto. Rusia podría entrar con sus tanques de un momento a otro para invadir Kiev.

Herda deja caer esta noticia en la mesa, mientras intentamos comer una especie de engrudo insípido que ha cocinado con agua tibia y harina. Lejos, aunque no demasiado, retumba el eco de otro misil.

-¿Y el ejército ucraniano? ¿No piensa hacer nada? ¿Y Zelenski? Nunca debió ser presidente… -replica el viejo.

-A ti te gustaba.

-Me hacía gracia cuando hacía de comediante en la tele, pero nunca votaría por él. Es un chiste, no un presidente.

-Pues yo sí que lo voté, papá. Y creo que lo está haciendo bien. De momento no ha huido del país, y eso que ha tenido oportunidad para hacerlo.

El viejo comienza a blasfemar, salpicando su plato de saliva. No logro comprender bien lo que dice debido a su falta de dentadura. Cuando se excita, solo es capaz de balbucear como los borrachos.

Más tarde, a solas en mi habitación, Herda me dice:

-Rothko y los suyos han salido de Fontanka esta mañana. Solo han quedado un par de hombres para proteger la casa franca. No creo que regresen, por lo menos mientras haya guerra.

Fontanka es el nombre del pueblo costero en el que nos encontramos. Está situado a unos pocos kilómetros de Odesa, que es donde se están concentrando los bombardeos. Putin busca cortar la salida al mar de Ucrania lo antes posible para controlar la entrada de suministros.

En lo que respecta a la información de Herda, sé que debería sentirme aliviado. Sin embargo, ni siquiera la noticia de que mi mayor enemigo se encuentra fuera de la región es capaz de alegrarme. Yo lo que quiero es salir de aquí y alejarme de esta casa, de esta gente, de este puto país. La idea de que las personas que me traicionaron viven hoy satisfechas y seguras mientras yo me pudro en este agujero nauseabundo me subleva.

Continuamente me repito que he de ser paciente, que el tiempo podría correr a mi favor.

Si sé esperar. Si aprendo a esperar.

Esa noche, más tarde, mientras escucho el suave ronquido de la enfermera sobre la que acabo de eyacular, me hago la promesa de que me largaré de este sitio en el plazo máximo de una semana. He decidido que la inacción me matará mucho antes que las bombas de Putin.

Pero, como otras veces, finalmente resulta que el destino tiene otros planes para mí.

 



martes, 12 de marzo de 2024

Capítulo 25. Un país en guerra

 


Mi habitación es un cuartucho sin ventanas que ocupa unos dos metros cuadrados. La cama en la que descanso probablemente pertenezca a un niño, ya que mis pies sobresalen por el borde y chocan con la pared. Y eso es lo más maravilloso de todo. Que soy capaz de sentir en mis dedos el frescor del empapelado.

Ahora estoy solo. Herda ha regresado a la cueva, como ella lo llama, y los niños se encuentran en el colegio, aunque, claro, ninguno de ellos sabe que yo estoy aquí. Creo que también hay un viejo por ahí, pero todavía no he llegado a verlo.

Por lo que sé, han transcurrido dos días con sus noches desde que me rescató de mi sepultura. Según ella, me hallaba inconsciente, a punto de sufrir una parada cardiorrespiratoria por la falta de oxígeno, así que supongo que le debo la vida por segunda vez.

Por otro lado, nada de esto hubiera pasado de no ser por su incompetencia. Este detalle, claro, nunca se lo he mencionado. Por desagradable que me pueda parecer, en estos momentos dependo de ella para sobrevivir.

Tras evaluar mi situación actual, he llegado a la conclusión de que ahora mismo me encuentro fuera de peligro, siempre y cuando la enfermera mantenga el pico cerrado. De todas formas, mi instinto me dice que no debo prolongar mi estancia en esta casa. Por lo que sé, me encuentro en un pequeño pueblo costero de Ucrania, cerca de Odesa, y ya se sabe lo que ocurre en los pueblos pequeños. Antes o después alguien notará algo raro, al viejo se le soltará la lengua o los niños comentarán en su colegio que hay un extranjero durmiendo en su cama. Este tipo de cosas terminan por saberse en estos sitios.

Incluso es posible que a estas alturas haya llegado a oídos de Rothko la extraña historia sobre el desconocido que vive con su enfermera. A mi viejo amigo no le costaría nada sumar dos y dos.

Herda me ha contado parte de la historia, al menos la que ella conoce. Fue Bohdan, el Cejas, quien sugirió a Simon Rothko la conveniencia de buscar un lugar más seguro para ocultar mi cuerpo. Incluso se barajó la posibilidad de mi incineración. Según la enfermera, Simon se opuso desde el principio a esa idea e insistió en que se me diera un enterramiento digno. Finalmente se escogió para mi inhumación un bosquecillo cercano a Odesa, junto a una arboleda de encinas. Ella tardó más de dos días en descubrir mi nuevo paradero, y solo gracias a que escuchó por casualidad una conversación entre varios de los hombres que participaron en el enterramiento.

La suerte, esta vez, estuvo de mi parte, supongo. Después de un día de búsqueda, halló un lugar donde la tierra parecía más oscura que el resto, señal de que había sido removida recientemente. No había llevado consigo ninguna herramienta para cavar, por lo que se vio obligada a escarbar con sus propias manos, que no tardaron en tropezar con la mía. Justo a tiempo, por lo que me explicó. Unos minutos más, y de nada hubieran servido sus esfuerzos para reanimarme.

Y aquí estoy. De milagro, pero vivo. La pregunta ahora no es si debo largarme de aquí, sino cuándo. Mi instinto me está alertando de que desaparezca lo antes posible, y en los últimos tiempos estoy aprendiendo a hacerle caso.

La puerta de mi habitación se abre, y unos ojos azules me observan con aire inquisitivo a través de la penumbra. Enseguida compruebo que no me miran directamente, sino que parecen contemplar un lugar indeterminado sobre mi cabeza. Ese hombre es ciego.

-¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? –pregunta en un dialecto cerrado del ucraniano.

-Soy un amigo.

-¿Amigo de mi hija? ¿O amigo de su marido?

Por el tono despectivo, deduzco que su yerno no gozaba de su aprecio precisamente, lo que confirma mis sospechas sobre la ocupación del marido de Herda, y el papel que jugaba en la organización de Rothko.

-No conocía a su marido. Herda me salvó la vida. Es mi enfermera.

-¿Enfermera? –el viejo arruga su boca desdentada y lanza un gargajo al suelo, muy cerca de sus propios pies-. Ella trabaja para ese mafioso, para ese hanhster…

-No sé nada de eso. Herda cuidaba de mí.

El ciego avanza hasta el centro de la habitación. Es más viejo de lo que pensaba, probablemente rondará los ochenta. Camina encorvado, apoyado en un nudoso bastón de madera que utiliza a modo de guía. Su rostro enjuto, surcado de arrugas y manchas grises, cubierto de una sombra de barba afeitada de modo irregular, carece de expresión. Cuando abre la boca, me doy cuenta de que se debe a que prácticamente no tiene dentadura.

-Tú eres otro mafioso, ¿no es verdad? Nunca debió traerte aquí. Esta es mi casa…  

La situación comienza a ponerse tensa, y no estoy seguro de que pueda seguir aguantando las impertinencias del ciego. Por otra parte, ¿qué puedo hacer? He intentado levantarme y, aunque he recuperado la sensibilidad en las piernas, todavía me siento muy débil. Necesitaré al menos un par de días para recuperar mis fuerzas.

En ese momento me sobresalta una explosión muy potente, no muy lejos de donde nos encontramos. Yo doy un salto en la cama, pero el viejo apenas se inmuta.

-¿Qué ha sido eso?

El ciego tuerce el gesto, al parecer sorprendido por mi pregunta.

-¿Dónde has estado, muchacho? ¿Cómo es posible que no sepas…? –De nuevo, otra explosión, mucho más próxima. El viejo aguarda a que cese el estrépito antes de añadir-: Son las salvas con las que nos saluda todas las mañanas ese hijo de puta ruso.

-¿Estamos en guerra?

-Desde hace una semana. El cerdo de Putin. Primero fue Crimea. Y antes Donetsk, Lugansk. Hay quien dice que su intención es terminar pronto, quizá con una bomba atómica… Pero ¿cómo es que no sabes nada? ¿Has estado encerrado en una cueva, acaso?

-Algo parecido.

Ha ocurrido tal y como yo predije. Comprendo ahora la prisa de Rothko por hacerse con todo mi negocio armamentístico, la audacia de su operación. Debe estar amasando una fortuna a mi costa. La noticia no es que me alegre, precisamente. Esperaba regresar a tiempo, antes de que la situación estallase. En fin, por lo menos sigo vivo.

-Ayer no bombardearon.

-Suelen lanzarlas durante la noche. Hoy es la primera vez que nos atacan por el día. Supongo que están comenzando a impacientarse. Pero no lo tendrán fácil –repone con cierto aire de regocijo.

Con mucho esfuerzo consigo incorporarme. Lo hago muy despacio para evitar el mareo de la última vez. Estaba solo, en la oscuridad, y me faltó muy poco para caer al suelo. Es la hora de la prudencia, por muchos deseos que tenga de ponerme en marcha.

-¿Sabe cuándo regresará Herda?

-¿Esa perra? –farfulla su boca desdentada-. Salió hace dos horas con los niños. Es lo único que sé.

Tendré que hacerlo solo, entonces. No voy a pedirle ayuda a ese viejo imbécil. Además, seguro que, aunque quisiera prestármela, terminaríamos rodando los dos por el suelo.  

-¿Qué haces? –me pregunta al escuchar mis esfuerzos.

-Quiero asomarme un momento.

-Mi hija ha dicho que nadie debe verte. Quédate en la cama.

-¿Cómo se llama?

-Vasili.

-¿Igual que su nieto?

-¿Cómo sabes…?

-Escuche, Vasili, si lo que desea es que me marche de su casa, será mejor que me ayude. Cuanto antes me restablezca, antes podrá librarse de mí. ¿No es eso lo que quiere?

El viejo parece meditarlo un momento. Al cabo de unos segundos, se acerca hasta la cama y me ofrece su brazo. Cuando me apoyo en él para ponerme en pie, descubro que es más fuerte de lo que parece a simple vista, y que yo estoy más débil de lo que imaginaba. Da igual, tengo que empezar a moverme o nunca podré escapar de allí.

La habitación contigua es un pequeño salón en el que hay una chimenea apagada, cuatro sillas de madera y una mesa redonda de camilla. Junto a un viejo sillón agujereado de quemaduras, encuentro la única ventana, que se halla cubierta por una fea cortina de lana verde.

Le pido al viejo que me conduzca hasta allí. Para mi alegría, noto que regresan mis fuerzas con cada paso. Quizá no necesita más que un par de días de recuperación, pero necesitaré alimentarme bien. Hasta ahora solo he tomado algo de sopa y yogur.

Aparto un trozo de cortina y atisbo el exterior con precaución. Fuera, reina el caos y la destrucción.

 

miércoles, 28 de febrero de 2024

Capítulo 24. Enterrado vivo

 



Me rodea la oscuridad absoluta, el silencio absoluto. Ignoro si continúo vivo o si ya he muerto. No siento nada, salvo mi propio pensamiento. No puedo moverme.

Si he muerto, esto debe ser el infierno.

Trato de gritar. De mis labios surge una especie de rugido desentonado. Algo salvaje, algo que nunca había oído. Y eso está mejor, mejor, me ayuda a combatir la desesperación que comienza a invadirme.

No, no he muerto. Aún. Ahora mismo debería encontrarme en el interior de un pozo, rodeado de cadáveres en estado de putrefacción. Y sin embargo…

Pero ¿dónde estoy? Si tan solo fuera capaz de moverme, de tantear el espacio que me rodea, quizá así podría…

Entonces recuerdo. La ketamina. A dosis altas produce un efecto similar al de la anestesia, por lo que tardaré un tiempo en recuperar la movilidad. Una hora debería ser suficiente.

No, no puedo, no puedo esperar tanto.

¿Y ese olor? ¿No es el de la tierra húmeda?

Grito de nuevo, esta vez de pura rabia y, de alguna manera, consigo que mi brazo se eleve unos centímetros solo para tropezar con una superficie rugosa y áspera.

Un tablón de madera. Estoy en el interior de un ataúd, enterrado quizá bajo varios metros de tierra.

Mi corazón se dispara. Lo escucho retumbar en mis oídos, como un tambor desacompasado. No puedo evitarlo, tengo miedo. Por primera vez en mi vida, mi cerebro escapa a mi control y me siento desfallecer.

Hay una solución. Debe haberla. Todo problema la tiene.

Me han enterrado, es obvio. Por algún motivo, Simon Rothko ha decidido buscarme otro lugar para darme el último adiós. Quizá haya sido su última muestra de respeto. O quizá, algo le haya hecho sospechar. Pero no, en ese caso le bastaba con descerrajarme un tiro en la cabeza, y eso en sí es una buena noticia, ya que significa que realmente me creen muerto.

¿Podría salir de allí? Depende. Si la madera de mi ataúd es de baja calidad, si los hombres de Rothko no han cavado demasiado profundo, es posible que tenga una oportunidad. En cuanto haya recuperado mis fuerzas.

Por un momento, me vienen a la mente las leyendas sobre enterrados vivos, cuentos de viejas contados al amor de la lumbre en las noches de difuntos. Relatos sobre cadáveres hallados con las uñas rotas y sangrantes, resecas bocas abiertas en un último grito de espanto y agonía. Cuentos de miedo.

Nada de eso me ayudará. El oxígeno, es ahí donde está la clave. Mientras me quede una gota de aire, hay esperanza. Debo economizarlo, relajar los músculos, ralentizar mi respiración, aguardar el momento en que me vuelvan las fuerzas, y entonces, intentarlo.

Soy fuerte. Desde que quedé paralítico me he preocupado de fortalecer mis brazos a fin de compensar mi minusvalía. Una vez fui capaz de levantar una mancuerna cargada con cincuenta kilos. Podría estrangular a una persona con una sola mano. Pero ¿será suficiente? Ya lo veremos.

Al cabo de un rato, comienzo a notar un cosquilleo en la punta de los dedos. Sin embargo, el aire se ha enrarecido y cada bocanada apenas alimenta mis fatigados pulmones.

Ahora o nunca. No me queda tiempo.  

Apoyo las palmas de mis manos sobre la tapa de mi ataúd. Por fortuna es bastante hondo, lo que me concede espacio suficiente para flexionar mis codos y obtener un punto de apoyo. Aprieto los dientes y empujo con toda mi fuerza. La hija de puta es pesada como una lápida de mármol y apenas consigo desplazarla unos centímetros, lo justo para que entre algo de aire acompañado de un puñado de tierra maloliente.

No voy a conseguirlo. Al menos, no de este modo. No se han limitado a echar unas cuantas paladas sobre la caja, sino que han cavado una auténtica sepultura. Debe haber un metro de tierra ahora mismo acumulado encima de mi ataúd.

Piensa, Ángel. Siempre se te ha dado bien pensar. Esta vez, es tu vida lo que está en juego.

Mi error ha sido intentar elevarla directamente. En cambio, si la empujo hacia un lado, apoyando ambas manos sobre el lateral, la presión debería ser menor. Probablemente, si lo consigo, mi caja se inundará de tierra, por lo que tendré que moverme deprisa para no morir asfixiado.

Me contengo cinco minutos con el fin de reunir el resto de mis fuerzas, pero no puedo demorarme mucho, apenas me queda oxígeno. Así que esta vez me concentro en el lado derecho de mi caja, para lo cual debo realizar un escorzo que, inevitablemente, me restará empuje.

Pienso en Simon Rothko, pero el odio no es suficiente. Lo que hay entre nosotros son solo negocios, no le guardo auténtico rencor. Es otra persona la que provoca en mí una cólera salvaje, la que insufla mis músculos de fuerza. Cuando la visualizo, cuando concentro toda mi furia en ella, presiento que puedo hacerlo. No es una opción ahora, se ha convertido en una obligación.

La tapa de mi ataúd improvisado es solo una tabla liviana apresada bajo unos cuantos grumos de tierra movediza.

Aprieto los dientes, preparo los tendones, tenso los músculos y empujo con la fuerza que da la desesperación, el odio, la furia, el ansia de venganza. Yo soy Ángel Salazar y no puedo morir así.

Y esta vez la tapa se eleva, muy poco a poco, y acaba deslizándose hacia un lado. Como había previsto, una turba de tierra, piedras y raíces invade mi tumba. Noto los terrones penetrando entre mi ropa, cubriendo mis ojos y mi boca. Creo percibir una resbaladiza criatura escabullirse en el interior de mis calzoncillos. No puedo respirar y, de momento, mis piernas no me sirven. Así que extiendo mis brazos y comienzo a trepar hacia la salvación. El hedor de la putrefacción inunda mis sentidos y llego a pensar que todo lo que me rodea es muerte y oscuridad.

He cometido un error de cálculo y me va a costar la vida. Lo que me separa de la superficie es toda la eternidad. Y moriré aquí, atrapado en este océano de inmundicia, enterrado vivo bajo unos cuantos metros de tierra.

En un último esfuerzo, extiendo mi brazo derecho, mis dedos tropiezan con algo, una roca quizá, y se rompen. Y, sin embargo, si pudiera abrir la boca, gritaría de alegría. Porque en ese instante noto que otros dedos, finos y extremadamente cálidos, rodean mi muñeca y tiran hacia arriba.

Capítulo 47. Un nuevo comienzo

  Han transcurrido dos semanas desde que mantuve mi última charla con José María. En este tiempo no se han producido grandes acontecimientos...