jueves, 28 de marzo de 2024

Capítulo 27. Destrucción




Cuando sucede, sucede rápido.

Al principio, lo confundo con un terremoto. El estruendo ensordecedor hace que olvide por el momento que me encuentro en mitad de una guerra. El estallido me ha sorprendido en la cama, ya que el ataque se ha producido de noche, como viene siendo costumbre.

En cuanto me percato de lo que sucede, me arrojo al suelo y repto bajo el colchón para protegerme de la lluvia de cascotes que cae encima de mí. En la cama se queda Herda, sobre la que se ha derrumbado parte del techo. Creo que ha muerto, aunque no estoy seguro. Tampoco tengo interés en averiguarlo.

Me encuentro a ras de suelo y desde allí solo puedo ver una densa polvareda rojiza, producto de los restos de ladrillo pulverizado que ha provocado la explosión. Nos han bombardeado, esta vez nos ha tocado a nosotros. De hecho, aún continúan escuchándose deflagraciones muy cerca de la casa, al otro lado de la calle. Calculo que aquello durará unos quince minutos. Luego habrá una pausa antes de volver a comenzar, con un poco de suerte, en una barriada diferente.

-Mis hijos… salva a mis hijos…

Es la voz sibilante, estertorosa, de Herda, que me llega desde arriba. No ha muerto aún, pero no le debe quedar mucho. Al mismo tiempo, como si hubieran escuchado la voz de su madre, se oyen los gritos de auxilio de uno de los niños. Creo que es Lisa.

-Maty… maty…

Me arrastro por el suelo, casi cegado por la polvareda, y compruebo que la puerta de mi habitación ha quedado reducida a un amasijo de tablones. Apoyándome en uno de ellos logro ponerme en pie. De repente, me siento más fuerte. Debe ser la adrenalina que inunda mi circuito nervioso. Antes de seguir, echo una ojeada a la enfermera. Un par de segundos me bastan para percatarme de que no tiene solución. Está muerta, o pronto lo estará. Apenas respira. Incluso me sorprende que haya tenido fuerzas para pedir ayuda.

En el salón no queda nada reconocible. El sillón, la pequeña mesa donde acostumbrábamos a comer, el televisor, el mueble platero, la cocina, todo.

Nada.

Solo polvo, sangre y olor a muerte.

Mi primera idea es la de escapar a la calle y enfrentarme a lo que sea que me esté aguardando ahí fuera. En el momento en que me dirijo hacia lo que queda de lo que antes era la entrada, vuelvo a escucharlo:

-Maty… maty…

Es la niña de ocho años, Lisa. Todavía vive, y por el tono de su voz, no debe haber sufrido heridas graves. Me freno en seco y medito un instante. Sí, eso es, me digo.

Me desvío hacia la habitación donde duermen junto a su abuelo e intento abrir la puerta. No cede al principio, probablemente se halle obstaculizada por algún mueble. Reúno mis fuerzas y echo todo el peso de mi hombro, logrando que se deslice unos centímetros.

Solo puedo ver a Lisa, arrodillada junto a la puerta. En la cama que compartía con su hermano y el viejo, lo único que queda es una montaña de escombro, en la que se adivinan algunos restos de sus cuerpos desmembrados.

-Ven conmigo.

-¿Maty…?

-Tu madre está muerta. Todos están muertos. Ven conmigo, si quieres vivir.

Me tiende los brazos y yo la alzo para ayudarla a salir. Después salgo a la calle con ella. No se me ocurre mejor salvoconducto para atravesar u pueblo arrasado por las bombas.

jueves, 21 de marzo de 2024

Capítulo 26. No hay nada más importante que la familia

 


Han pasado tres días desde que me levanté por primera vez de la cama, y aunque las cosas han mejorado algo, comienzo a sentirme inquieto. Herda me apremia para que tenga paciencia. Me asegura que las calles están infestadas de soldados, de uno u otro bando. Podría ser detenido o peor, asesinado, ya que los hombres jóvenes se consideran objetivos prioritarios. Ahora, en Ucrania, todos son soldados.

Me ha presentado a sus hijos como un pariente lejano, un primo de su padre que trabaja en España. La más pequeña, Lisa, no parece preocupada, incluso creo que le caigo bien, pero Vasili, su hermano, me dirige de vez en cuando alguna mirada rara. Ahora ninguno va al colegio, así que me veo obligado a pasar el día aquí encerrado con ellos. Y con el viejo, claro.

Puto ciego. No me dirige la palabra, cosa que, por otra parte, me da exactamente igual, y cuando escucha mi voz, vuelve la cara hacia otro lado o me dedica un gesto obsceno. Algunos ciegos deben pensar que los demás también lo somos. Repito: puto ciego de los cojones.

Es una situación odiosa. Me he planteado la posibilidad de liquidarlos a todos, pero eso significaría quedarme incomunicado. Herda es ahora la única que puede moverse con cierta libertad. Ella nos provee de comida y noticias. Y el ciego tenía razón, en cuanto ponga un pie en la calle soy hombre muerto o preso.

Paso el tiempo haciendo ejercicio, comiendo y durmiendo. Finjo ser el amable primo Markus de España al que le encantan los niños. Y por la noche, me convierto de nuevo en enamorado amante. Herda ha adoptado la costumbre de visitarme en cuanto se han acostado todos, así que me veo obligado a joder con ella por mucho que me repugne.

Tres días. Tres putos días, y apenas soy capaz de arrastrarme por la casa apoyándome en los muebles. A veces se me olvida que hasta hace un mes era incapaz de sentir nada de cintura para abajo. Pero así son las cosas.

-Dicen que la guerra terminará pronto. Rusia podría entrar con sus tanques de un momento a otro para invadir Kiev.

Herda deja caer esta noticia en la mesa, mientras intentamos comer una especie de engrudo insípido que ha cocinado con agua tibia y harina. Lejos, aunque no demasiado, retumba el eco de otro misil.

-¿Y el ejército ucraniano? ¿No piensa hacer nada? ¿Y Zelenski? Nunca debió ser presidente… -replica el viejo.

-A ti te gustaba.

-Me hacía gracia cuando hacía de comediante en la tele, pero nunca votaría por él. Es un chiste, no un presidente.

-Pues yo sí que lo voté, papá. Y creo que lo está haciendo bien. De momento no ha huido del país, y eso que ha tenido oportunidad para hacerlo.

El viejo comienza a blasfemar, salpicando su plato de saliva. No logro comprender bien lo que dice debido a su falta de dentadura. Cuando se excita, solo es capaz de balbucear como los borrachos.

Más tarde, a solas en mi habitación, Herda me dice:

-Rothko y los suyos han salido de Fontanka esta mañana. Solo han quedado un par de hombres para proteger la casa franca. No creo que regresen, por lo menos mientras haya guerra.

Fontanka es el nombre del pueblo costero en el que nos encontramos. Está situado a unos pocos kilómetros de Odesa, que es donde se están concentrando los bombardeos. Putin busca cortar la salida al mar de Ucrania lo antes posible para controlar la entrada de suministros.

En lo que respecta a la información de Herda, sé que debería sentirme aliviado. Sin embargo, ni siquiera la noticia de que mi mayor enemigo se encuentra fuera de la región es capaz de alegrarme. Yo lo que quiero es salir de aquí y alejarme de esta casa, de esta gente, de este puto país. La idea de que las personas que me traicionaron viven hoy satisfechas y seguras mientras yo me pudro en este agujero nauseabundo me subleva.

Continuamente me repito que he de ser paciente, que el tiempo podría correr a mi favor.

Si sé esperar. Si aprendo a esperar.

Esa noche, más tarde, mientras escucho el suave ronquido de la enfermera sobre la que acabo de eyacular, me hago la promesa de que me largaré de este sitio en el plazo máximo de una semana. He decidido que la inacción me matará mucho antes que las bombas de Putin.

Pero, como otras veces, finalmente resulta que el destino tiene otros planes para mí.

 



martes, 12 de marzo de 2024

Capítulo 25. Un país en guerra

 


Mi habitación es un cuartucho sin ventanas que ocupa unos dos metros cuadrados. La cama en la que descanso probablemente pertenezca a un niño, ya que mis pies sobresalen por el borde y chocan con la pared. Y eso es lo más maravilloso de todo. Que soy capaz de sentir en mis dedos el frescor del empapelado.

Ahora estoy solo. Herda ha regresado a la cueva, como ella lo llama, y los niños se encuentran en el colegio, aunque, claro, ninguno de ellos sabe que yo estoy aquí. Creo que también hay un viejo por ahí, pero todavía no he llegado a verlo.

Por lo que sé, han transcurrido dos días con sus noches desde que me rescató de mi sepultura. Según ella, me hallaba inconsciente, a punto de sufrir una parada cardiorrespiratoria por la falta de oxígeno, así que supongo que le debo la vida por segunda vez.

Por otro lado, nada de esto hubiera pasado de no ser por su incompetencia. Este detalle, claro, nunca se lo he mencionado. Por desagradable que me pueda parecer, en estos momentos dependo de ella para sobrevivir.

Tras evaluar mi situación actual, he llegado a la conclusión de que ahora mismo me encuentro fuera de peligro, siempre y cuando la enfermera mantenga el pico cerrado. De todas formas, mi instinto me dice que no debo prolongar mi estancia en esta casa. Por lo que sé, me encuentro en un pequeño pueblo costero de Ucrania, cerca de Odesa, y ya se sabe lo que ocurre en los pueblos pequeños. Antes o después alguien notará algo raro, al viejo se le soltará la lengua o los niños comentarán en su colegio que hay un extranjero durmiendo en su cama. Este tipo de cosas terminan por saberse en estos sitios.

Incluso es posible que a estas alturas haya llegado a oídos de Rothko la extraña historia sobre el desconocido que vive con su enfermera. A mi viejo amigo no le costaría nada sumar dos y dos.

Herda me ha contado parte de la historia, al menos la que ella conoce. Fue Bohdan, el Cejas, quien sugirió a Simon Rothko la conveniencia de buscar un lugar más seguro para ocultar mi cuerpo. Incluso se barajó la posibilidad de mi incineración. Según la enfermera, Simon se opuso desde el principio a esa idea e insistió en que se me diera un enterramiento digno. Finalmente se escogió para mi inhumación un bosquecillo cercano a Odesa, junto a una arboleda de encinas. Ella tardó más de dos días en descubrir mi nuevo paradero, y solo gracias a que escuchó por casualidad una conversación entre varios de los hombres que participaron en el enterramiento.

La suerte, esta vez, estuvo de mi parte, supongo. Después de un día de búsqueda, halló un lugar donde la tierra parecía más oscura que el resto, señal de que había sido removida recientemente. No había llevado consigo ninguna herramienta para cavar, por lo que se vio obligada a escarbar con sus propias manos, que no tardaron en tropezar con la mía. Justo a tiempo, por lo que me explicó. Unos minutos más, y de nada hubieran servido sus esfuerzos para reanimarme.

Y aquí estoy. De milagro, pero vivo. La pregunta ahora no es si debo largarme de aquí, sino cuándo. Mi instinto me está alertando de que desaparezca lo antes posible, y en los últimos tiempos estoy aprendiendo a hacerle caso.

La puerta de mi habitación se abre, y unos ojos azules me observan con aire inquisitivo a través de la penumbra. Enseguida compruebo que no me miran directamente, sino que parecen contemplar un lugar indeterminado sobre mi cabeza. Ese hombre es ciego.

-¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? –pregunta en un dialecto cerrado del ucraniano.

-Soy un amigo.

-¿Amigo de mi hija? ¿O amigo de su marido?

Por el tono despectivo, deduzco que su yerno no gozaba de su aprecio precisamente, lo que confirma mis sospechas sobre la ocupación del marido de Herda, y el papel que jugaba en la organización de Rothko.

-No conocía a su marido. Herda me salvó la vida. Es mi enfermera.

-¿Enfermera? –el viejo arruga su boca desdentada y lanza un gargajo al suelo, muy cerca de sus propios pies-. Ella trabaja para ese mafioso, para ese hanhster…

-No sé nada de eso. Herda cuidaba de mí.

El ciego avanza hasta el centro de la habitación. Es más viejo de lo que pensaba, probablemente rondará los ochenta. Camina encorvado, apoyado en un nudoso bastón de madera que utiliza a modo de guía. Su rostro enjuto, surcado de arrugas y manchas grises, cubierto de una sombra de barba afeitada de modo irregular, carece de expresión. Cuando abre la boca, me doy cuenta de que se debe a que prácticamente no tiene dentadura.

-Tú eres otro mafioso, ¿no es verdad? Nunca debió traerte aquí. Esta es mi casa…  

La situación comienza a ponerse tensa, y no estoy seguro de que pueda seguir aguantando las impertinencias del ciego. Por otra parte, ¿qué puedo hacer? He intentado levantarme y, aunque he recuperado la sensibilidad en las piernas, todavía me siento muy débil. Necesitaré al menos un par de días para recuperar mis fuerzas.

En ese momento me sobresalta una explosión muy potente, no muy lejos de donde nos encontramos. Yo doy un salto en la cama, pero el viejo apenas se inmuta.

-¿Qué ha sido eso?

El ciego tuerce el gesto, al parecer sorprendido por mi pregunta.

-¿Dónde has estado, muchacho? ¿Cómo es posible que no sepas…? –De nuevo, otra explosión, mucho más próxima. El viejo aguarda a que cese el estrépito antes de añadir-: Son las salvas con las que nos saluda todas las mañanas ese hijo de puta ruso.

-¿Estamos en guerra?

-Desde hace una semana. El cerdo de Putin. Primero fue Crimea. Y antes Donetsk, Lugansk. Hay quien dice que su intención es terminar pronto, quizá con una bomba atómica… Pero ¿cómo es que no sabes nada? ¿Has estado encerrado en una cueva, acaso?

-Algo parecido.

Ha ocurrido tal y como yo predije. Comprendo ahora la prisa de Rothko por hacerse con todo mi negocio armamentístico, la audacia de su operación. Debe estar amasando una fortuna a mi costa. La noticia no es que me alegre, precisamente. Esperaba regresar a tiempo, antes de que la situación estallase. En fin, por lo menos sigo vivo.

-Ayer no bombardearon.

-Suelen lanzarlas durante la noche. Hoy es la primera vez que nos atacan por el día. Supongo que están comenzando a impacientarse. Pero no lo tendrán fácil –repone con cierto aire de regocijo.

Con mucho esfuerzo consigo incorporarme. Lo hago muy despacio para evitar el mareo de la última vez. Estaba solo, en la oscuridad, y me faltó muy poco para caer al suelo. Es la hora de la prudencia, por muchos deseos que tenga de ponerme en marcha.

-¿Sabe cuándo regresará Herda?

-¿Esa perra? –farfulla su boca desdentada-. Salió hace dos horas con los niños. Es lo único que sé.

Tendré que hacerlo solo, entonces. No voy a pedirle ayuda a ese viejo imbécil. Además, seguro que, aunque quisiera prestármela, terminaríamos rodando los dos por el suelo.  

-¿Qué haces? –me pregunta al escuchar mis esfuerzos.

-Quiero asomarme un momento.

-Mi hija ha dicho que nadie debe verte. Quédate en la cama.

-¿Cómo se llama?

-Vasili.

-¿Igual que su nieto?

-¿Cómo sabes…?

-Escuche, Vasili, si lo que desea es que me marche de su casa, será mejor que me ayude. Cuanto antes me restablezca, antes podrá librarse de mí. ¿No es eso lo que quiere?

El viejo parece meditarlo un momento. Al cabo de unos segundos, se acerca hasta la cama y me ofrece su brazo. Cuando me apoyo en él para ponerme en pie, descubro que es más fuerte de lo que parece a simple vista, y que yo estoy más débil de lo que imaginaba. Da igual, tengo que empezar a moverme o nunca podré escapar de allí.

La habitación contigua es un pequeño salón en el que hay una chimenea apagada, cuatro sillas de madera y una mesa redonda de camilla. Junto a un viejo sillón agujereado de quemaduras, encuentro la única ventana, que se halla cubierta por una fea cortina de lana verde.

Le pido al viejo que me conduzca hasta allí. Para mi alegría, noto que regresan mis fuerzas con cada paso. Quizá no necesita más que un par de días de recuperación, pero necesitaré alimentarme bien. Hasta ahora solo he tomado algo de sopa y yogur.

Aparto un trozo de cortina y atisbo el exterior con precaución. Fuera, reina el caos y la destrucción.

 

miércoles, 28 de febrero de 2024

Capítulo 24. Enterrado vivo

 



Me rodea la oscuridad absoluta, el silencio absoluto. Ignoro si continúo vivo o si ya he muerto. No siento nada, salvo mi propio pensamiento. No puedo moverme.

Si he muerto, esto debe ser el infierno.

Trato de gritar. De mis labios surge una especie de rugido desentonado. Algo salvaje, algo que nunca había oído. Y eso está mejor, mejor, me ayuda a combatir la desesperación que comienza a invadirme.

No, no he muerto. Aún. Ahora mismo debería encontrarme en el interior de un pozo, rodeado de cadáveres en estado de putrefacción. Y sin embargo…

Pero ¿dónde estoy? Si tan solo fuera capaz de moverme, de tantear el espacio que me rodea, quizá así podría…

Entonces recuerdo. La ketamina. A dosis altas produce un efecto similar al de la anestesia, por lo que tardaré un tiempo en recuperar la movilidad. Una hora debería ser suficiente.

No, no puedo, no puedo esperar tanto.

¿Y ese olor? ¿No es el de la tierra húmeda?

Grito de nuevo, esta vez de pura rabia y, de alguna manera, consigo que mi brazo se eleve unos centímetros solo para tropezar con una superficie rugosa y áspera.

Un tablón de madera. Estoy en el interior de un ataúd, enterrado quizá bajo varios metros de tierra.

Mi corazón se dispara. Lo escucho retumbar en mis oídos, como un tambor desacompasado. No puedo evitarlo, tengo miedo. Por primera vez en mi vida, mi cerebro escapa a mi control y me siento desfallecer.

Hay una solución. Debe haberla. Todo problema la tiene.

Me han enterrado, es obvio. Por algún motivo, Simon Rothko ha decidido buscarme otro lugar para darme el último adiós. Quizá haya sido su última muestra de respeto. O quizá, algo le haya hecho sospechar. Pero no, en ese caso le bastaba con descerrajarme un tiro en la cabeza, y eso en sí es una buena noticia, ya que significa que realmente me creen muerto.

¿Podría salir de allí? Depende. Si la madera de mi ataúd es de baja calidad, si los hombres de Rothko no han cavado demasiado profundo, es posible que tenga una oportunidad. En cuanto haya recuperado mis fuerzas.

Por un momento, me vienen a la mente las leyendas sobre enterrados vivos, cuentos de viejas contados al amor de la lumbre en las noches de difuntos. Relatos sobre cadáveres hallados con las uñas rotas y sangrantes, resecas bocas abiertas en un último grito de espanto y agonía. Cuentos de miedo.

Nada de eso me ayudará. El oxígeno, es ahí donde está la clave. Mientras me quede una gota de aire, hay esperanza. Debo economizarlo, relajar los músculos, ralentizar mi respiración, aguardar el momento en que me vuelvan las fuerzas, y entonces, intentarlo.

Soy fuerte. Desde que quedé paralítico me he preocupado de fortalecer mis brazos a fin de compensar mi minusvalía. Una vez fui capaz de levantar una mancuerna cargada con cincuenta kilos. Podría estrangular a una persona con una sola mano. Pero ¿será suficiente? Ya lo veremos.

Al cabo de un rato, comienzo a notar un cosquilleo en la punta de los dedos. Sin embargo, el aire se ha enrarecido y cada bocanada apenas alimenta mis fatigados pulmones.

Ahora o nunca. No me queda tiempo.  

Apoyo las palmas de mis manos sobre la tapa de mi ataúd. Por fortuna es bastante hondo, lo que me concede espacio suficiente para flexionar mis codos y obtener un punto de apoyo. Aprieto los dientes y empujo con toda mi fuerza. La hija de puta es pesada como una lápida de mármol y apenas consigo desplazarla unos centímetros, lo justo para que entre algo de aire acompañado de un puñado de tierra maloliente.

No voy a conseguirlo. Al menos, no de este modo. No se han limitado a echar unas cuantas paladas sobre la caja, sino que han cavado una auténtica sepultura. Debe haber un metro de tierra ahora mismo acumulado encima de mi ataúd.

Piensa, Ángel. Siempre se te ha dado bien pensar. Esta vez, es tu vida lo que está en juego.

Mi error ha sido intentar elevarla directamente. En cambio, si la empujo hacia un lado, apoyando ambas manos sobre el lateral, la presión debería ser menor. Probablemente, si lo consigo, mi caja se inundará de tierra, por lo que tendré que moverme deprisa para no morir asfixiado.

Me contengo cinco minutos con el fin de reunir el resto de mis fuerzas, pero no puedo demorarme mucho, apenas me queda oxígeno. Así que esta vez me concentro en el lado derecho de mi caja, para lo cual debo realizar un escorzo que, inevitablemente, me restará empuje.

Pienso en Simon Rothko, pero el odio no es suficiente. Lo que hay entre nosotros son solo negocios, no le guardo auténtico rencor. Es otra persona la que provoca en mí una cólera salvaje, la que insufla mis músculos de fuerza. Cuando la visualizo, cuando concentro toda mi furia en ella, presiento que puedo hacerlo. No es una opción ahora, se ha convertido en una obligación.

La tapa de mi ataúd improvisado es solo una tabla liviana apresada bajo unos cuantos grumos de tierra movediza.

Aprieto los dientes, preparo los tendones, tenso los músculos y empujo con la fuerza que da la desesperación, el odio, la furia, el ansia de venganza. Yo soy Ángel Salazar y no puedo morir así.

Y esta vez la tapa se eleva, muy poco a poco, y acaba deslizándose hacia un lado. Como había previsto, una turba de tierra, piedras y raíces invade mi tumba. Noto los terrones penetrando entre mi ropa, cubriendo mis ojos y mi boca. Creo percibir una resbaladiza criatura escabullirse en el interior de mis calzoncillos. No puedo respirar y, de momento, mis piernas no me sirven. Así que extiendo mis brazos y comienzo a trepar hacia la salvación. El hedor de la putrefacción inunda mis sentidos y llego a pensar que todo lo que me rodea es muerte y oscuridad.

He cometido un error de cálculo y me va a costar la vida. Lo que me separa de la superficie es toda la eternidad. Y moriré aquí, atrapado en este océano de inmundicia, enterrado vivo bajo unos cuantos metros de tierra.

En un último esfuerzo, extiendo mi brazo derecho, mis dedos tropiezan con algo, una roca quizá, y se rompen. Y, sin embargo, si pudiera abrir la boca, gritaría de alegría. Porque en ese instante noto que otros dedos, finos y extremadamente cálidos, rodean mi muñeca y tiran hacia arriba.

lunes, 19 de febrero de 2024

Capítulo 23. Una muerte dulce

 


Parece un cortejo fúnebre, ya sabes.

Simon es quien lo encabeza, seguido del Cejas, de cuyos puños guardo recuerdos tan gratos que espero poder conversar con él a solas algún día; un par de gorilas más a los que no he visto en la vida y, por supuesto, mi enfermera, que será la encargada de administrarme la droga.

Todo está dispuesto. Rothko me tiende el último documento pendiente de rúbrica. Su gesto inane pretende decir que para él nada de esto es personal, que los negocios son así, que así es la vida. Los demás, como obedeciendo a una directriz de su jefe, mantienen la expresión circunspecta que se esperaría en cualquier velatorio. Parece que esta gente respeta la muerte. Es quizá un ritual, una tradición, la de mostrar esa última cortesía a la persona que vas a liquidar.

Estampo mi firma al pie de los documentos, en el lugar previamente señalado con una X, imagino que por el abogado de Rothko, y al acabar, este me estrecha la mano.

-Buen viaje, Salazar. Ojalá nos hubiéramos conocido en otras circunstancias.

-Un buen jugador ha de reconocer cuando ha perdido. Enhorabuena, acabas de convertirte en un hombre muy rico.

-Eso parece. Me alegra que te tomes las cosas así… con esa deportividad. Eres un hombre valiente.

Le sonrío. Mi última sonrisa antes de morir, debe pensar él. Quizá tenga razón. Ya veremos.

Después se apartan y dejan espacio para que Herda pueda trabajar. Enseguida me doy cuenta de que no está bien. Le tiemblan las manos y su rostro parece más pálido de lo habitual. Eso me infunde un instante de temor. Estúpida puta. Si Rothko llega a sospechar que le sucede algo (hay pocas cosas que se le escapen al viejo zorro), podría echar a perder todo el maldito plan.

Trato de tranquilizarla con la mirada, pero no lo consigo. Cuando intenta canalizarme una vena, inexplicablemente falla.

-¿Hay algún problema, Herda? –pregunta Rothko, aproximándose.

-No, ninguno, Simon –me apresuro a responder con naturalidad-. Ha sido culpa mía, me he movido sin querer. A estas alturas y todavía me dan miedo las agujas, ¿te lo puedes creer?

-¡Um! –rezonga, pero esta vez permanece al lado de la enfermera. No he logrado convencerlo del todo.

Le cojo la mano a Herda y se la oprimo durante un segundo.

-Lo siento, esta vez me quedaré quieto como una estatua. Me ha cuidado usted muy bien, enfermera, le agradezco de veras todo lo que ha hecho por mí.

Esta vez lo consigue. Veo mi sangre pasar al trasto de plástico que conecta con el suero. Es una llave de tres pasos, que sigue una mecánica muy parecida a la que se emplea en las cañerías de agua. Lo conozco muy bien, no en vano he vivido entre hospitales gran parte de mi vida.

Una vez asegura el sistema a mi brazo con esparadrapo, el siguiente paso es administrarme la droga: según lo pactado con Rothko, una dosis de morfina capaz de provocarme un fallo cardiorrespiratorio irreversible. De acuerdo con el plan que hemos trazado Herda y yo, en realidad debería tratarse de ketamina en cantidad suficiente como para inducirme un estado semicomatoso parecido a la muerte.

Introduce la mano en su bata y extrae la jeringuilla con el líquido transparente que trata de ocultar a los ojos de su jefe. Buena precaución, pienso. Todo es posible; incluso que Simon Rothko sea capaz de distinguir la consistencia de morfina.

Herda gira la llave de tres vías, cerrando el paso temporalmente hacia el suero, e inyecta la jeringa en el sistema. Cuando ha introducido la totalidad del líquido, la extrae del conector y vuelve a girar la llave hasta dejarla en su posición original. Ya está hecho. Noto cómo la sustancia penetra en mi torrente sanguíneo y, casi de inmediato, empieza embargarme una pesada somnolencia.

-Adiós –atino a decir un instante antes de que el mundo se convierta en un fundido a negro.

miércoles, 14 de febrero de 2024

Capítulo 22. Sobre la libertad

 


La ketamina. Una sustancia que no me es desconocida. Fue la misma que empleamos en mi primera “muerte”. Induce un estado de inconsciencia durante el que las constantes vitales se atenúan, casi hasta hacerse imperceptibles. Por supuesto, un médico sería capaz de advertir el engaño, pero por lo que Herda me dice, lo más probable es que sea ella quien “certifique” mi muerte. Después me trasladarán a un cementerio de coches propiedad de una de las empresas de Simon, y me ocultarán en una especie de pozo que suelen usar para estas cosas.

El plan, huelga decirlo, no me gusta nada.

Está sujeto a demasiados imprevistos. Que alguien decida rematarme de un tiro, por ejemplo. O que Simon cambie de planes para deshacerse de mi cadáver en el último momento: enterramiento, incineración… las posibilidades son infinitas. No olvido que permaneceré inconsciente durante varias horas, a merced de una simple enfermera de carácter apocado.

Exploro todas las alternativas buscando una salida a la situación, pero no la encuentro. ¿Escaparme por las bravas? ¿Arrebatarle el arma a uno de los guardias y enfrentarme yo solo a todo un ejército de asesinos? Lo intentaría, si tuviera fuerzas para ello. No es el miedo lo que me detiene, sino la certeza de que no pasaría de la primera puerta.

De momento, lo único positivo es que me restablezco con rapidez. Mis paseos nocturnos por la habitación cada vez son menos dolorosos y, a instancias de Herda, he incluido algunos ejercicios que están fortaleciendo mis atrofiadas piernas. Ahora me felicito de no haber abandonado la rehabilitación física en todos estos años. Mis pesadas sesiones diarias con los mejores fisioterapeutas del país están dando su fruto.

Hoy he recibido otra visita de Simon. Tras intercambiar de nuevo información respecto a mis empresas, y firmar algunos documentos, se ha sentado junto a mi cabecera con una botella de licor en la mano. Este hombre es una cuba.

Sonríe, con esa sonrisa de lobo viejo y desdentado que aparece en su rostro cuando se encuentra de buen humor.

-Vladimir Putin tiene el proyecto de restablecer el antiguo esplendor de la Rusia soviética. Se considera a sí mismo una especie de Pedro El Grande. Ucrania es solo el primer paso. Después… quién sabe. Todo es posible –comenta en tono de confidencia-. Será una dictadura encubierta, que mantendrá hasta adquirir el poder suficiente como para autoproclamarse líder supremo, algo del estilo de Corea del Norte.

-¿Por qué me dices todo esto?

-No lo sé. Supongo que me interesa tu opinión.

-Para mí las dictaduras y las democracias vienen a ser la misma cosa. En cualquier régimen existe corrupción, codicia y ansias de poder, y yo me beneficio de eso, al igual que tú. La libertad no existe.

-Discrepo en eso, mi joven amigo. Existe, al menos cierto tipo de libertad. Y de esa libertad es de la que realmente vivimos tú y yo.

Lo observo con extrañeza, sin comprender bien a dónde quiere ir a parar. Él, que se da cuenta, me sonríe con aire de superioridad.

-Me refiero a la libertad entendida como el derecho a elegir. Entenderás que esta forma de libertad resulta muy conveniente para nuestros intereses, ¿verdad? En las supuestas democracias (coincido contigo en que es un término bastante equívoco), los ciudadanos “libres” suelen elegir ser imbéciles. El legítimo, inalienable y sagrado derecho a ser imbécil. Nadie en su sano juicio aceptaría ser despojado de su derecho a ser y comportarse como un idiota. Nosotros vivimos a expensas de esos idiotas, y de las personas que dependen de ellos. Así que, en cierto modo, somos deudores de la libertad, ¿no te parece?

-Bueno, depende del modo en que lo consideres. La gente es imbécil porque nosotros los conducimos a ello. Alimentamos su adicción a las drogas, al sexo, al dinero, a la violencia. En cierto modo, los obligamos a elegir ser imbéciles.

-Sí, sí, ya sé, pero si lo hacemos es porque gozan de ese derecho. ¿Cuánto dinero has ganado tú en Corea del Norte, por ejemplo?

Me cruzo de brazos. Touché.

Rothko despliega otra vez su sonrisa, y su feo rostro se vuelve aún más horrible. Su intento de mostrarse afectuoso es repulsivo.

-Hablemos de otra cosa. Dentro de una semana habremos terminado el papeleo. Mis abogados me informan que estamos a un paso de consolidar la operación. Celebrémoslo –me dice, mientras llena los vasos.

-No me gusta beber.

-Lo sé. Pero un día es un día, joven amigo. Bebe conmigo, por favor.

-Está bien –levanto uno de los vasos, que ha dispuesto sobre la mesa auxiliar que hay junto a mi cama, y lo choco con el suyo-. ¿Por qué brindamos?

-¿Por una operación exitosa?

El hijo de puta pretende hacerme brindar por mi propia muerte. No deja de tener su gracia, si lo piensas. Me prometo a mí mismo que mi próximo brindis será por la cabeza de ese cabrón.  

-Me parece bien.

No me mojo los labios hasta asegurarme de que el propio Rothko apura su vaso. Él se percata de ello y lo celebra con una estentórea carcajada que retumba en las paredes de mi celda. Nunca lo he visto reír de esa manera.

Está bien, me digo. Ríe, hijo de puta, ríe.

 

 

Esa noche, con la luz apagada, Herda entra en mi cuarto. No sé cómo ha logrado convencer a los guardias para que la dejen pasar. Debo suponer que no ha sido dinero lo que les haya ofrecido a cambio.

Se desnuda lentamente, de espaldas a mí, y se tumba a mi lado.

¿Cuánto hace que no tengo sexo? Ni me acuerdo ya.

La mujer es fea, quizá la más fea con la que me he acostado hasta ahora. Sus pechos son blandos, vacíos; sus rodillas enjutas, sus muslos, demasiado gruesos, cubiertos de vello y surcados de venas varicosas. Y, sin embargo, mi cuerpo responde de inmediato. Noto la sangre fluir de nuevo por mis cuerpos cavernosos, devolviéndome una sensación que, por olvidada, recibo con gratitud y sorpresa. Mi pene se erige de nuevo, y busca.

¿Cuánto tiempo? No puedo recordarlo.

Ella sabe qué hacer. Ha estado casada. Rodea mi polla con su mano y la masajea con suavidad. No necesito más. Abruptamente, inesperadamente, siento que llega el primer orgasmo, un torrente de placer tan intenso que me deja helado, con la boca desencajada en un rictus de placentera agonía. No soy capaz más que de balbucear un suspiro.

Ella entonces me besa. Su boca desprende un aliento fétido a enjuague bucal barato. Lo soporto, aunque ardo en deseos de apartarla de mí, ahora que creo haber terminado.

Pero, repito, ella sabe lo que hay que hacer.

Mientras me besuquea, sus manos no permanecen ociosas. Mi pene húmedo de semen resbala entre ellas como un pez vivo arrancado del agua hasta que, para mi sorpresa, siento que vuelve a la vida. Escucho su gemido triunfal cuando lo aferra con violencia para guiarme hacia su interior. En la penumbra que nos envuelve, puedo contemplar su cuerpo corcovear sobre mí…

¿Cuánto? Mucho, mucho tiempo.

Me repele su hediondo hedor, y sin embargo, mi polla es un pedernal sobre un amasijo de barro húmedo.

Cuando termina, cuando terminamos, no me dice nada. Yo tampoco. Solo quiero que se vaya, que me deje solo, porque ahora la aborrezco más que nunca, y temo que ella lo advierta si me obliga a dirigirle la palabra.

Se viste de espaldas, ocultándome su cuerpo, y sale de la habitación.

No vuelvo a verla hasta el día de mi muerte.

domingo, 11 de febrero de 2024

Capítulo 21. Plan de huida

 


         

-Ha decidido asesinarme a finales de esta semana. No me queda tiempo, Herda.

Ella me coge la mano y se la lleva a los labios. Después esconde su cara en mi pecho.

-Lo sé. Los oigo hablar. Incluso he averiguado cómo piensan hacerlo. Te inyectarán…, me obligarán a inyectarte, una dosis letal de morfina.

Bueno, al menos cumplen su palabra.

-Ojalá pudiera morir durante unas horas y despertarme a tu lado –exclamo en tono apasionado.

Ella se queda mirándome, estupefacta. Sus ojos se agrandan. Acaba de tener una idea magnífica, una idea que yo mismo acabo de proporcionarle.

-Existe una sustancia, una droga -susurra en mi oído-, que produce un efecto similar al de la muerte. No recuerdo cómo se llama…

A punto estoy de nombrarla yo, lo cual hubiera supuesto un colosal error. Si ella llegara a sospechar en algún momento que la estoy manipulando podría echarlo todo a rodar.

-No quiero que te involucres en esto, Herda.

-¡Ketamina! ¡Acabo de acordarme! A la dosis adecuada induce un estado de catalepsia que puede llegar a confundirse con la muerte.

Ahora susurra a un volumen tan bajo que apenas puedo distinguir sus palabras. Está aterrada, pero también decidida. Oculto mi alegría bajo la máscara y pronuncio horrorizado:

-Pero… no me conoces. ¿Arriesgarías tu vida y tu libertad por un desconocido? Está tu familia, tus hijos…

-Eres un hombre bueno, un hombre señalado por Dios. Si no lo intento, nunca me le perdonaría. Huiremos lejos de él, sé cómo hacerlo, conozco un lugar donde podríamos refugiarnos durante un tiempo al menos. Tenemos una oportunidad –dice exaltada la pobre ilusa.

-¡No! Ni se te ocurra, amor mío. Por nada del mundo querría te pusieras en peligro. Déjame, olvídame. Es lo mejor para ti.

-No puedo hacerlo. Creo… creo que te quiero –me dice. Entonces le tomo la cara con delicadeza y la beso en los labios, donde noto sus lágrimas de felicidad.

En mi interior me río, me río, me río. Oh, sí, cuánto me río.

Capítulo 47. Un nuevo comienzo

  Han transcurrido dos semanas desde que mantuve mi última charla con José María. En este tiempo no se han producido grandes acontecimientos...