domingo, 21 de julio de 2024

Capítulo 41. Es importante contar con una buena secretaria

 




El siguiente paso es obvio.

Reus regresa tarde a su casa. Tiene aspecto de cansada. Mi antigua secretaria parece haber envejecido años en unos pocos meses. Sin embargo, todavía recuerda bastante a ella misma: su mirada altiva de ojos pequeños, escrutadores, las cejas eternamente fruncidas, la frente estrecha, cubierta de tenaces arrugas que parecen cabalgar unas sobre otras. El espíritu sigue estando ahí, en ese cuerpo enjuto y menudo.

No, me digo a mí mismo cuando la veo entrar en el salón de su casa, ella no puede estar implicada en los tejemanejes de José María. Es demasiado inteligente y tiene demasiado que perder. En fin, supongo que pronto lo sabré.

-Hola, Reus, querida. He vuelto –le espeto en cuanto enciende la luz.

La estoy esperando cómodamente sentado en el sofá de tres plazas que tiene frente al televisor. Ella se queda congelada al verme; como si fuera la estatua de sal que contempla eternamente la destrucción de Sodoma. Puedo leer en su expresión la mayoría de los pensamientos que pasan por su cabeza en estos momentos. Soy un ladrón que ha entrado para llevarse el dinero que no tiene en su inexistente caja fuerte. Soy un sicario enviado por José María o el propio Rothko para torturarla, para sacarle lo que sabe.

Ciertamente, esta última idea bien podría hacerse realidad muy pronto.

-Soy yo, Reus. ¿No reconoces mi voz? Es cierto que he cambiado un poco –le digo, poniéndome en pie-. Como ves, la doctora Bloch cumplió lo prometido.

-¿Señor Kingsman…? –Balbucea-. Pero no puede ser… Usted…

-¿Estoy muerto? Sí, es verdad. Por segunda vez. –Miro a mi alrededor fingiendo extrañeza-. ¿Y tus hijos? No los hemos visto. Creía que tenías tres.

-Están en el extranjero, en un colegio interno. Oiga…

-Tranquila, no debes preocuparte por ellos –le aseguro en tono despreocupado-. A menos que hayas tenido algo que ver con lo que me sucedió.

Ella comienza a temblar. Tiene miedo, sí, lo veo en sus ojos, pero no de mí.

No de mí.

-Siéntate, Reus. Pareces cansada. Ponte cómoda.

Reus obedece mecánicamente. Se deja caer en una butaca y esconde la cara entre las manos. La escucho sollozar de forma patética, acordándose quizá de sus hijos, allá donde estén. Le permito desahogarse, ya que necesito que esté serena, y sé que las lágrimas suelen ayudar a las personas como ella.

Cuando empieza a aquietarse le levanto la barbilla y la obligo a mirarme a los ojos:

-Necesito que hablemos, Reus.

-Yo no he tenido nada que ver con lo que le pasó, se lo juro.

-Te creo. Hemos investigado tus cuentas y sigues siendo tan pobre como antes. Pero has estado aquí todo este tiempo, así que debes saber muchas cosas. Quiero que me lo cuentes todo. Luego, quizá, te pediré un favor.

Reus comienza a hablar. De repente ha vuelto a ser la secretaria eficiente que recuerdo. Da la impresión de estar leyendo un memorándum sobre cotizaciones bursátiles, en lugar de exponer el relato de una traición. A pesar de que la mayor parte de la información ya la había deducido no puedo evitar que me invada la cólera. Pero es una rabia fría, calculadora. Y es que, mientras la escucho, planeo mi venganza.

-José María, es decir, el señor Espronceda, regresó de Suiza a comienzos de enero, después de Reyes. Contó que la operación había sido un éxito y que usted había decidido quedarse en Lausana para iniciar la rehabilitación, pero que él había tenido que volver a España para hacerse cargo de los negocios. Me dijo que habían puesto en marcha una operación a gran escala para fusionar sus empresas con las de un magnate del armamento en vista de la escalada que se estaba produciendo en la frontera de Rusia con Ucrania.

-¿Y tú le creíste?

-No me pareció lógico. Usted controlaba el negocio de las armas en Europa y parte de Estados Unidos, ¿para qué iba a hacer eso? Además, no es su estilo. Pero usted no estaba y el señor Espronceda siempre ha sido de su confianza, así que en ese momento no lo puse en duda.

-Continúa.

-Nunca me contaba nada, pero pude observar movimientos extraños en sus cuentas, cambios de titularidad a nombre de personas desconocidas. Fue cuando comencé a sospechar que algo pasaba. Además, usted no daba señales de vida. Lo normal habría sido que se hubiera puesto en comunicación conmigo en algún momento, teniendo en cuenta las empresas que gestiono en su nombre en los Estados Unidos. Así que investigué a algunos de ellos, y… averigüé que eran simples testaferros.

-¿Le dijiste algo a él?

-Claro que no –me responde en tono de “¿por quién me toma?”-. Lo que hice fue enviar a mis hijos a Inglaterra, a un colegio privado.

-Bien hecho. Y ¿cuándo se supone que morí?

-En febrero, recién comenzada la guerra. José María entró en mi despacho una mañana con rostro de circunstancias y me comunicó que había sido asesinado en su residencia junto con su guardaespaldas.

-¿Por quién?

-Culpó a Simon Rothko.

-Muy hábil por parte de mi abogado –dije, sin poder evitar una sonrisa de admiración-. Y por muy poco no ha tenido razón. Supongo que te informó de mi asesinato el mismo en que Simon había planeado ejecutarme. Seguramente él creía que ya había muerto por entonces, lo que demuestra que mantenía con él u contacto permanente. Una cosa más, Reus, muy importante. ¿Tienes en tu poder aún las credenciales de la Salazar & Co?

En este punto brillan los ojos de mi secretaria, y esboza una sonrisa que casi, casi, podría calificar de maligna. Pronuncia en tono solemne, sin dejar de sonreír:

-Lo tengo todo, señor Kingsman. Todo.

Capítulo 40. Ángel Salazar debe regresar

 




Javier Pulido ha resultado más útil de lo que imaginaba. Cierto es que no suelo esperar mucho de nadie, pero este es uno de los casos en que me alegra haberme equivocado. Su única misión, de momento, consiste en vigilar los pasos de Reus, mi secretaria, a fin de averiguar si está asociada con José María en esto. Y debo reconocer que ha cumplido con creces.

Javier ha logrado colarse en su casa, mientras ella se encontraba en La Torre. Ha fotografiado algunos documentos que encontró en un cajón de su escritorio. Cuentas corrientes, informes de inversiones, escrituras… Todo ello relacionado con mis negocios. Nada anormal, ya que ese es su trabajo, salvo que no deberían estar allí, sino en algún archivo de su despacho. Por otra parte, sus cuentas están limpias, lo que podría significar que no ha recibido ningún pago sospechoso. Se ha ocupado de comprobarlo un amigo de Roberto, una especie de genio informático adolescente llamado Jokin al que una vez detuvo por traficar con pederastas a los que surtía de abundante material pornográfico.

-Es un friki y un antisocial, pero es bueno en lo suyo. Una vez hackeó los archivos confidenciales de un hospital de Madrid por pura diversión –me ha confiado Roberto.

Mi chófer, por su parte, se ha encargado de vigilar a José María. Le ha pinchado los teléfonos de su despacho y ha colocado un micrófono debajo de su mesa, aprovechando un descuido de la mujer de la limpieza. Dice que ha tenido que “embaucarla”, según sus propias palabras. No puedo imaginarme a Roberto tratando de seducir a una mujer; mi imaginación también tiene sus límites.

Ahora podemos escuchar todo lo que se dice en ese despacho, y los resultados no pueden ser más satisfactorios: dos días después de la incursión de Roberto confirmamos que Espronceda está en comunicación con la organización de Simon Rothko. Por desgracia, solo podemos escuchar su parte de conversación, ya que la llamada se realiza a su teléfono móvil. Es evidente que no iban a utilizar el arcaico modelo de Telefónica que todavía conserva sobre su mesa, como si de una reliquia se tratase:

“Hola” (saluda en ruso… ignoraba que dominara ese idioma. Por lo visto lleva planeando la operación más tiempo del que imaginaba).

“De momento, todo bien. Los activos se transfirieron ayer” … “No hay problema” … “No, todavía no lo he encontrado, pero tenía una secretaria que aún trabaja aquí, quizá ella sepa algo” … “Le preguntaré” … “Sí, hoy mismo”.

Cuando termina la llamada, Roberto y Javier me miran con aire interrogativo.

-Es obvio que está buscando mis credenciales para hacerse con la parte del negocio que tengo radicado en América. Pero pierde el tiempo, ni siquiera Reus tiene acceso a ellas. –No es totalmente cierto, aunque ella ignora todo lo relacionado con Salazar & Co, sí que tiene en su poder la llave para hacerme con el control. En concreto, una identidad. Mi verdadera identidad.

Solo Ángel Salazar Ugarte puede hacerlo, y eso significa que debe regresar.

Capítulo 39. Reorganizando el equipo

 



En pocos minutos les pongo en antecedentes, sin entrar en demasiados detalles. Les cuento lo de mi operación, lo del secuestro en el hospital y mi posterior huida de Ucrania en mitad de la guerra, la odisea que sufrí hasta llegar a España… todo lo importante, pero no pueden entenderlo. Tampoco es mi deseo que lo hagan, basta con que sepan lo que he vivido en los últimos meses, y adónde estoy dispuesto a llegar. Voy a necesitar su ayuda, si quiero tener alguna opción.

A mitad de mi soliloquio llega de la calle una mujer joven cargada de bolsas con productos de supermercado. Debe contar unos veinte años como mucho y, sin embargo, es notorio que hace tiempo que dejó atrás la frescura de la juventud. Tiene la piel estropeada por el abuso de maquillaje y los dientes amarillean a causa del tabaco y el alcohol. Deduzco que se trata de la chica con la que Javier me confesó que aspiraba casarse.

Al vernos, se queda en la puerta, indecisa. Dirige una mirada a su novio, pero este le hace una señal tranquilizadora para que se acerque.

-Te presento a Estefanía. Es de fiar.

Estefanía, que viste unos pantalones ajustados de color verde, tacones altos y camisa floreada abiertamente escotada, no dice nada. Solo me mira a mí, el intruso con aspecto de vagabundo que su marido ha sentado a la mesa.

-Creo recordar que me dijiste algo sobre una hija, ¿o me equivoco? –pregunto a Javier.

La mujeruca da un respingo y abre mucho los ojos, que ahora parecen querer salirse de sus órbitas.

-Sí, Andrea…

-¿Qué tienes tú qué decir de mi hija? –espeta Estefanía, dejando caer las bolsas al suelo. Se escucha un estrépito de cristales; algo ha debido romperse en su interior.

-Nada, realmente. Solo preguntaba por cortesía.

-Tranqui, nena –tercia el chico-. Ya te he dicho que es de fiar –me dirige una mirada apresurada en la que observo un tono de disculpa-. Le debo la vida a este hombre.

La mujer palidece. Su expresión refleja ahora sorpresa y cierta incredulidad que se borra al comprobar que Roberto asiente a las palabras de su marido.

-¿Tú también lo conoces? No me fío de este… -le pregunta a mi chófer, mientras señala a su marido con la cabeza.

-Sí. Es mi jefe, y también el de Javier. Y lo que te dice es cierto: le salvó la vida.

Entonces la mujer se ruboriza y agacha la cabeza.

-Perdone usted… pero es que… con esas pintas… Además, al escucharle preguntar por mi hija me ha dado un repelús.

-Se la llevaron los de asuntos sociales. Una zorra hija de puta empeñada en que no la cuidábamos como es debido. Y todo porque se me pasó matricularla en el cole –añade Javier, enfurruñado-. Si es muy pequeña, coño.

Adivino que hay algo más de lo que dice Javier, pero no necesito indagar más en ese asunto. He encontrado lo que buscaba.

-Ya veo. Está bien, escuchadme. Como ya sabéis, me encuentro en un aprieto. Necesito recuperar lo que me pertenece, pero no puedo presentarme sin más. Sospecho que no duraría mucho si el ruso descubriese que sigo vivo. Así que vais a ayudarme. No será mucho lo que precise de vosotros, solo un par de cosas, incluido el alojamiento. Quizá os cause algunas molestias durante unos días, y hasta es posible que llegue a ser peligroso, si llegase a saberse que estoy aquí antes de recuperar mi estatus. Pero os prometo una cosa: en cuanto vuelva a ocupar La Torre, me aseguraré de que os devuelvan a vuestra hija. Y jamás volverá a faltaros de nada.

Pasan varios segundos antes de que nadie abra la boca. Finalmente es el chico quien reacciona a mi petición:

-Por mi parte puede quedarse con nosotros el tiempo que necesite. Nunca olvidaré que sigo vivo gracias a usted. –Vuelve la cabeza hacia su mujer-. Solo tiene que decirnos lo que hay que hacer.

Roberto observa la escena, complacido. Estefanía, por su parte, parece resignada, aunque no me fío de ella.

Pero ¿qué puedo hacer? Es lo que tengo. Es lo que hay. Y no puedo negar que es mucho más de lo que esperaba encontrar. Así que solo toca pensar en mañana, y en el trabajo que queda por hacer.

Escucha, abogado. Escucha bien cómo redoblan las campanas, hijo de puta.

Capítulo 38. ¿Quién lo iba a decir?

 



Javier, el único superviviente de la granja de cerdos. Ahora me alegro de haberlo dejado con vida. No lo hice por ninguna razón en especial. Cuando imparto un correctivo entre mis hombres acostumbro a indultar a uno de ellos, normalmente al más imbécil. Es un mensaje. Viene a decir algo así como que soy yo el que decido quién vive y quién muere.

Por lo que me cuenta Roberto, en estos últimos meses se ha convertido en una especie de amigo suyo. Casi como un hijo, o un hermano pequeño. Al parecer, el chico me guarda un singular aprecio por la simple razón de no haber apretado el gatillo. Quizá en otros tiempos me habría inquietado esta amistad, pero no nos engañemos, en estos momentos no estoy en posición de escoger aliados. Si el chico es leal, el chico me sirve.

Aunque no me lo pide, le explico a Roberto la razón de que ahora pueda caminar. Después de un breve resumen, mi chófer asiente sin cuestionar nada. Ha regresado a su silencio imperturbable.

Poco antes de llegar, lo rompe con una pregunta. No llega a ser pregunta, en realidad. Solo una frase inacabada que deja en mis manos la decisión de responderla o no.

-Esos chicos… los de antes…

-Fui yo –le digo mostrándole mi pistola, un recuerdo de Ucrania-. Me despertaron en mitad de la noche. Odio que me despierten.

El chico vive en un arrabal de Madrid cercano a Vallecas. Es un barrio humilde, formado por edificios de paredes agrietadas y ventanas desnudas, algunas desprovistas del aditamento de un marco. Roberto no despega los labios durante el resto del trayecto, pero puedo imaginar lo que debe estar pensando en este momento. Cómo demonios va a explicar la situación a su amigo Javier. Cuando aparca la limusina (volver a viajar en una ha supuesto para mí un baño de recuerdos y reflexiones: no hace ni cinco meses disponía de una flota de vehículos como este, algunos incluso más lujosos. Ahora, en cambio, me resulta extraño el contacto de la piel que cubre los asientos, el olor a limpio, el soberbio acabado del habitáculo, la suavidad aterciopelada de las alfombrillas sobre las que apoyo por primera vez mis pies), me pide en tono preocupado:

-Espere un minuto aquí, jefe. –No lo dice, pero se nota que le preocupa mi aspecto-. Debo informarle de que está usted aquí…

Yo ya he salido del coche. Me cruzo de brazos y le dirijo una mirada torcida.  

-Vamos, ve delante. Yo te sigo.

Roberto reprime un suspiro e inicia la marcha, que se detiene frente al edificio más ruinoso que hay en la calle. La entrada, un marco sin puerta, parece bostezar al vernos. El interior es una fosa oscura y sucia, que hiede a chinches y a sudor viejo. Sin ascensor, por supuesto.

-Vive en el último piso –me advierte.

-Estupendo. Si me descubren podré escapar por los tejados –le respondo en tono irónico. Aunque después lo pienso mejor y llego a la conclusión de que no es una idea tan descabellada.

Mientras subimos, mi chófer contacta con él desde su móvil. Una conversación breve en la que se escucha alguna interjección de sorpresa seguida de un murmullo de asentimientos. No habrá problema. De hecho, Javier nos está aguardando junto a la puerta abierta de su cuchitril cuando por fin llegamos arriba. A causa del esfuerzo, jadeo como un perro y tengo el rostro bañado en sudor. Decididamente, no estoy nada en forma.

-Buenos días, señor… -me mira sorprendido y luego sus ojos se desplazan hasta mis piernas, que tiemblan de agotamiento. Han sido cinco pisos.

-Es una larga historia, Javi. Y este no es el mejor lugar para contarla.

Capítulo 37. Y resucitó de entre los muertos...

 



No me reconoce, pero da un respingo al escuchar mi voz. Algo sacude su intelecto, mucho más despierto de lo que la gente piensa. Su figurada estolidez es, quizá, la causa principal de que continúe trabajando para la empresa después de mi “muerte”. De haber sido considerado un peligro potencial, a estas alturas alguien ya habría tomado la decisión de prescindir de sus servicios.

-¿Quién eres? –pregunta, sin retirar la mano de su sobaquera, donde sé que guarda la pistola.

-Soy Hugo. Hugo Kingsman.

Frunce el ceño y clava su mirada en mis ojos. Su rostro adopta una expresión de especulativa perplejidad rompiendo durante unos segundos su habitual impavidez. Se detiene un momento en las cicatrices que me dejó la paliza de Rothko, medio ocultas por la espesa barba rubia que me he dejado crecer. Después, desciende hasta mis piernas, delgadas e invisibles bajo los anchos pantalones de pana que llevo, pero firmes sobre el suelo.

-¿Usted? Usted no puede ser quien dice. El señor Kingsman está muerto.

-¿Sí, Roberto? ¿Y cómo morí? Tengo curiosidad por saberlo.

Mi chófer vacila un instante al escuchar mi voz de nuevo. Finalmente hace lo que suponía que iba a hacer desde el primer momento. Saca su pistola y me apunta con ella.

-Si es usted mi jefe, debería recordar cómo se llamaba el chico al que perdonó la vida en mi presencia, la última vez que nos vimos.

-Claro, Roberto. Lo recuerdo perfectamente. Pobre chico, creo que dijo que tenía un hijo o una hija… una niña de tres años. Tiene veintiún años y estaba ahorrando para casarse. ¿Verdad?

-¿Cómo se llamaba? –vuelve a preguntar, aunque esta vez su voz suena teñida de emoción. El brazo que sostiene el arma empieza a bajar y ya no me apunta a mí. En su fuero interno, y a pesar de lo extraño de la situación, está convencido de que digo la verdad, aunque no sea capaz de explicárselo.

-Javier Pulido. Ese era su nombre. O es su nombre, ya que respeté su vida, tal y como le prometí.

-Hizo usted bien, jefe. Es un buen chico, y, quizá, ahora sea su mejor posibilidad para seguir con vida –dice bajando la pistola y volviéndola a guardar en su funda. Luego lanza una mirada alrededor, sobre todo a las ventanas del edificio donde están (estaban) mis oficinas y me dice en tono imperioso-. Rápido, suba al coche. Será mejor que salgamos de aquí.

Me observa caminar hacia la puerta, todavía con gesto de asombro. Él no era más que un empleado secundario, no tenía acceso a la información relativa a mis proyectos, y menos aún a mis planes para someterme a la operación que me ha devuelto las piernas, así que su sorpresa debe ser mayúscula.

Me abre la puerta trasera, como solía hacer antaño, aunque esta vez sin bajar la plataforma para la silla de ruedas. Después, cierra de un portazo y arranca el coche. No parece asustado, pero se mueve con rapidez, lo que significa que corremos peligro.

-¿Tiene algún sitio adónde ir, jefe?

-Ahora mismo soy un sintecho, Roberto. Y no hace falta que me sigas llamando jefe. Técnicamente no existo siquiera, así que no puedo tener empleados.

Roberto sonríe bajo su bigote. Es la primera vez que le veo hacerlo.

-Bueno, jefe, quedará entre nosotros, si le parece. Y, ya que no tiene alojamiento, espero que no le importe que le consiga uno.

-¿Tu casa? ¿Dónde vives? Nunca llegué a preguntártelo.

-Mi casa no. Está vigilada. O lo estará, en cuanto dé usted señales de vida. Será el primer lugar en el que piensen. Conozco un sitio mejor, de un amigo mío. O, mejor dicho, nuestro. De hecho, le debe a usted la vida; no se me ocurre mejor recomendación que esa.

-¿Un amigo? ¿Qué amigo?

-Usted sabe quién es, jefe. Se llama Javier Pulido.

 

Capítulo 36. Yo soy el monstruo

 



Ya lo sabía. Que la sociedad es decadente, ya lo sabía. Lo sabía desde niño, ahora que lo pienso. El ruido que produce el mundo es el ronroneo gastado de un viejo motor de gasóleo. He tenido la oportunidad de comprobarlo de nuevo, aquí, en la calle, entre la inmundicia. Dos noches al raso, vigilando la entrada de mi edificio, han sido más que suficientes para convencerme de esta obsolescencia programada en la que vive la Humanidad sin saberlo.

Nadie me ve, nadie me mira, a pesar de que estoy rodeado de personas, un espectador más del circo. ¿Quién se fija en un mendigo zarrapastroso, salvo para intentar mantenerse alejado de él? Soy el hombre invisible, un ser sin rostro, sin presencia, un animal vagabundo.

Han cercado mi parque con cinta policial amarilla, y cubierto los cuerpos de esos desgraciados con sabanas de plástico que se ondulan con el viento. Los casquillos de bala (todavía conservo la pistola en el bolsillo de mi abrigo) aparecen señalados con tiza en el suelo.

Veo, pero ellos no me ven a mí. Fotografían, toman huellas (esfuerzo inútil, ya que llevo guantes de lana), interrogan, escriben en sus tabletas (¿adónde se ha marchado la libreta y el lápiz?), pero nadie me ve a mí, al taumaturgo.

La multitud se aprieta sobre la cinta de plástico. Muchos de ellos son periodistas, pero otros son simples mirones, como una vieja señora con el rostro embadurnado de maquillaje a la que no le importa colocarse cerca de mí con tal de conseguir un buen asiento en el palco de butacas.

Entonces lo veo. Roberto, el policía que rescaté del alcohol para convertirlo en mi chófer personal y algo más. Conmigo siempre hay algo más. Observa la escena con interés profesional, pero sin curiosidad aparente. Su mirada se pasea entre la muchedumbre, y resbala sobre mí sin alterarse. No me ha reconocido, lo cual no me extraña. Ayer me contemplé en el cristal de un escaparate y la imagen que me devolvía era la de un desconocido. Además, estoy de pie. Como ya he dicho en alguna parte, ese es mi mejor camuflaje.

Roberto no permanece ahí mucho tiempo. Está de paso, comprobando si lo que ha sucedido puede suponer algún peligro potencial. En cuanto se separa de la multitud voy tras él, dejando mi puesto a la vieja, que me dedica un mohín de desprecio. Quizá conozca a alguno de esos tres que ahora yace bajo las sábanas policiales. Si es así, probablemente pronto estará clamando justicia para el monstruo que ha sido capaz de cometer un crimen tan horrendo contra tres pobres niños españoles y de buena familia.

Mi chófer ha dejado el coche (mi coche) aparcado detrás del edificio, en una zona reservada para personal ejecutivo. Aunque he conseguido despistarle al principio, fingiendo que buscaba comida en las papeleras mientras lo seguía, sé que a estas alturas es consciente de que lo estoy siguiendo. Lo conozco bien. Esperará a que me acerque lo suficiente antes de acometerme, así que no le doy tiempo.

-Hola, Roberto. No imaginas cuánto me alegro de volver a verte.

Capítulo 35. Un buen aperitivo

 



Confiaba en Carlos, pero estoy convencido de que fue ejecutado durante mi secuestro. Simon Rothko pagará por ello, llegado el momento, pero no es el primero en mi lista.

Me queda Roberto. Quizá –y solo digo quizá- aún sea leal. Además, es posible que continúe trabajando para mi antigua organización, lo que me sería de gran ayuda. Es un buen hombre, concienzudo y hábil cuando hace falta. No es fácil encontrar hoy día gente con su preparación en nuestro mundo. Tengo esperanza de que siga rondando por aquí.

No sé dónde vive –tomo nota mental de que, si consigo regresar, me tomaré más en serio la vida privada de mi gente de confianza-, así que decido permanecer por los alrededores y esperar. No necesito camuflaje alguno. Apesto de tal forma que hasta los mendigos me rehúyen, me he dejado crecer una barba selvática (y, me temo, llena de vida microscópica), y, sobre todo, ando. Soy capaz de caminar. ¿Qué mejor disfraz que esta nueva realidad, lo único positivo que he obtenido de mi aventura?

Desde un banco del jardín que se encuentra al otro lado de la calle, obtengo una visual perfecta del trasiego que tiene lugar frente a mi edificio. El mismo espectáculo que he contemplado cada día desde las alturas, ahora lo observo desde una posición mucho más humilde. Pese a todo, aunque me cuesta explicármelo a mí mismo, no me siento desdichado. Tengo piernas de nuevo. Soy, lo que se dice, un hombre completo. Y, sobre todo, tengo un propósito, un reto al fin.

No me desanimo cuando el día transcurre sin que Roberto dé señales de vida. Sí veo, en cambio, a mi “amigo” José María atravesar con aire ufano las puertas de mi edificio, dueño absoluto de todo, ahora que ya no existo. Dueño, pero bajo las órdenes de Rothko. Me sonrío imaginando la cara que pondrá el día en que volvamos a encontrarnos. Tras él llega Rus, mi secretaria. No tengo claro todavía que haya formado parte del complot. Si no está en el ajo, podría convertirse en mi puerta de entrada ya que maneja bastantes de las claves que mueven mi dinero… y otras cosas.

Paso la noche en el mismo banco, cubierto por una manta de periódicos viejos. No por frío, ya que acaba de comenzar el mes de abril, sino para sustraerme a las miradas curiosas. Sin embargo, no me sirve de mucho.

A las tres de la madrugada me despiertan voces juveniles, tocadas de alcohol. Antes de que pueda reaccionar noto el impacto de un puñetazo en el vientre, que me despierta del todo.

-¡Putos mendigos comepollas! ¡Creía que habíais entendido el mensaje! No queremos piojosos como vosotros apestando Madrid. Ensuciáis la ciudad.

El muchacho que habla debe rondar los diecisiete. Viste bien. Cutre pero caro. Lo acompañan –más bien lo escoltan- otros tres chavales del mismo corte. Ropas pijas camufladas con botas de motorista y unos pendientes ridículos. Camisetas Lacoste de color negro con las mangas agujereadas para parecer “calle”. Uno de ellos porta una botella de plástico sin etiqueta que debe contener gasolina, por el olor que desprende. Otro esgrime un mechero. Está claro cuál iba a ser la tarea que se tenían reservada para esta noche.

El líder, ahora veo que es rubio rasurado, bastante fuerte, y de piel blanca y bien cuidada, levanta la pierna con intención de rematar la faena con una patada en mi cabeza.

Suena el trallazo y en el periódico que me cubre aparece un orificio de grandes dimensiones. Lo ha formado la bala que ahora se aloja en la cabeza del rubio, que cae al suelo como un fardo. Su rostro ya no refleja diversión, ni exaltación, ni furia fingida, sino sorpresa. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué está en el suelo sin vida, cuándo debía ser él quien dispensara la muerte?

El resto, su ganado, todavía no sabe lo que ha sucedido. Permanece quieto, sin moverse, como aguardando el final de la broma.

Podría dejarlos marchar para que aprendieran la lección. Pero ¿sabes? Yo no soy maestro, ni doy lecciones a la gente.

Los mato. Uno a uno. El primero, el que lleva la botella, recibe el balazo en toda la cara, que queda convertida en un borrón de sangre y huesos. Los otros dos, esta vez sí, intentan huir, pero los alcanzo por la espalda. Procuro no fallar, no quiero que haya descripciones mías a la policía. Mi incógnito es lo más importante ahora mismo para mí.

Caen los tres, pero algo he aprendido en la guerra. Sin apresurarme, con la cabeza cubierta por la capucha de mi sudadera negra, me acerco a ellos y vuelvo a dispararles entre los ojos.

Después me marcho. Puede que alguien me haya visto. A un mendigo encapuchado acribillando a unos pobres chavales tratando de divertirse.

Mañana quizá el periódico que me cubra contenga un reportaje sobre ellos.

Capítulo 47. Un nuevo comienzo

  Han transcurrido dos semanas desde que mantuve mi última charla con José María. En este tiempo no se han producido grandes acontecimientos...