domingo, 21 de julio de 2024

Capítulo 37. Y resucitó de entre los muertos...

 



No me reconoce, pero da un respingo al escuchar mi voz. Algo sacude su intelecto, mucho más despierto de lo que la gente piensa. Su figurada estolidez es, quizá, la causa principal de que continúe trabajando para la empresa después de mi “muerte”. De haber sido considerado un peligro potencial, a estas alturas alguien ya habría tomado la decisión de prescindir de sus servicios.

-¿Quién eres? –pregunta, sin retirar la mano de su sobaquera, donde sé que guarda la pistola.

-Soy Hugo. Hugo Kingsman.

Frunce el ceño y clava su mirada en mis ojos. Su rostro adopta una expresión de especulativa perplejidad rompiendo durante unos segundos su habitual impavidez. Se detiene un momento en las cicatrices que me dejó la paliza de Rothko, medio ocultas por la espesa barba rubia que me he dejado crecer. Después, desciende hasta mis piernas, delgadas e invisibles bajo los anchos pantalones de pana que llevo, pero firmes sobre el suelo.

-¿Usted? Usted no puede ser quien dice. El señor Kingsman está muerto.

-¿Sí, Roberto? ¿Y cómo morí? Tengo curiosidad por saberlo.

Mi chófer vacila un instante al escuchar mi voz de nuevo. Finalmente hace lo que suponía que iba a hacer desde el primer momento. Saca su pistola y me apunta con ella.

-Si es usted mi jefe, debería recordar cómo se llamaba el chico al que perdonó la vida en mi presencia, la última vez que nos vimos.

-Claro, Roberto. Lo recuerdo perfectamente. Pobre chico, creo que dijo que tenía un hijo o una hija… una niña de tres años. Tiene veintiún años y estaba ahorrando para casarse. ¿Verdad?

-¿Cómo se llamaba? –vuelve a preguntar, aunque esta vez su voz suena teñida de emoción. El brazo que sostiene el arma empieza a bajar y ya no me apunta a mí. En su fuero interno, y a pesar de lo extraño de la situación, está convencido de que digo la verdad, aunque no sea capaz de explicárselo.

-Javier Pulido. Ese era su nombre. O es su nombre, ya que respeté su vida, tal y como le prometí.

-Hizo usted bien, jefe. Es un buen chico, y, quizá, ahora sea su mejor posibilidad para seguir con vida –dice bajando la pistola y volviéndola a guardar en su funda. Luego lanza una mirada alrededor, sobre todo a las ventanas del edificio donde están (estaban) mis oficinas y me dice en tono imperioso-. Rápido, suba al coche. Será mejor que salgamos de aquí.

Me observa caminar hacia la puerta, todavía con gesto de asombro. Él no era más que un empleado secundario, no tenía acceso a la información relativa a mis proyectos, y menos aún a mis planes para someterme a la operación que me ha devuelto las piernas, así que su sorpresa debe ser mayúscula.

Me abre la puerta trasera, como solía hacer antaño, aunque esta vez sin bajar la plataforma para la silla de ruedas. Después, cierra de un portazo y arranca el coche. No parece asustado, pero se mueve con rapidez, lo que significa que corremos peligro.

-¿Tiene algún sitio adónde ir, jefe?

-Ahora mismo soy un sintecho, Roberto. Y no hace falta que me sigas llamando jefe. Técnicamente no existo siquiera, así que no puedo tener empleados.

Roberto sonríe bajo su bigote. Es la primera vez que le veo hacerlo.

-Bueno, jefe, quedará entre nosotros, si le parece. Y, ya que no tiene alojamiento, espero que no le importe que le consiga uno.

-¿Tu casa? ¿Dónde vives? Nunca llegué a preguntártelo.

-Mi casa no. Está vigilada. O lo estará, en cuanto dé usted señales de vida. Será el primer lugar en el que piensen. Conozco un sitio mejor, de un amigo mío. O, mejor dicho, nuestro. De hecho, le debe a usted la vida; no se me ocurre mejor recomendación que esa.

-¿Un amigo? ¿Qué amigo?

-Usted sabe quién es, jefe. Se llama Javier Pulido.

 

Capítulo 36. Yo soy el monstruo

 



Ya lo sabía. Que la sociedad es decadente, ya lo sabía. Lo sabía desde niño, ahora que lo pienso. El ruido que produce el mundo es el ronroneo gastado de un viejo motor de gasóleo. He tenido la oportunidad de comprobarlo de nuevo, aquí, en la calle, entre la inmundicia. Dos noches al raso, vigilando la entrada de mi edificio, han sido más que suficientes para convencerme de esta obsolescencia programada en la que vive la Humanidad sin saberlo.

Nadie me ve, nadie me mira, a pesar de que estoy rodeado de personas, un espectador más del circo. ¿Quién se fija en un mendigo zarrapastroso, salvo para intentar mantenerse alejado de él? Soy el hombre invisible, un ser sin rostro, sin presencia, un animal vagabundo.

Han cercado mi parque con cinta policial amarilla, y cubierto los cuerpos de esos desgraciados con sabanas de plástico que se ondulan con el viento. Los casquillos de bala (todavía conservo la pistola en el bolsillo de mi abrigo) aparecen señalados con tiza en el suelo.

Veo, pero ellos no me ven a mí. Fotografían, toman huellas (esfuerzo inútil, ya que llevo guantes de lana), interrogan, escriben en sus tabletas (¿adónde se ha marchado la libreta y el lápiz?), pero nadie me ve a mí, al taumaturgo.

La multitud se aprieta sobre la cinta de plástico. Muchos de ellos son periodistas, pero otros son simples mirones, como una vieja señora con el rostro embadurnado de maquillaje a la que no le importa colocarse cerca de mí con tal de conseguir un buen asiento en el palco de butacas.

Entonces lo veo. Roberto, el policía que rescaté del alcohol para convertirlo en mi chófer personal y algo más. Conmigo siempre hay algo más. Observa la escena con interés profesional, pero sin curiosidad aparente. Su mirada se pasea entre la muchedumbre, y resbala sobre mí sin alterarse. No me ha reconocido, lo cual no me extraña. Ayer me contemplé en el cristal de un escaparate y la imagen que me devolvía era la de un desconocido. Además, estoy de pie. Como ya he dicho en alguna parte, ese es mi mejor camuflaje.

Roberto no permanece ahí mucho tiempo. Está de paso, comprobando si lo que ha sucedido puede suponer algún peligro potencial. En cuanto se separa de la multitud voy tras él, dejando mi puesto a la vieja, que me dedica un mohín de desprecio. Quizá conozca a alguno de esos tres que ahora yace bajo las sábanas policiales. Si es así, probablemente pronto estará clamando justicia para el monstruo que ha sido capaz de cometer un crimen tan horrendo contra tres pobres niños españoles y de buena familia.

Mi chófer ha dejado el coche (mi coche) aparcado detrás del edificio, en una zona reservada para personal ejecutivo. Aunque he conseguido despistarle al principio, fingiendo que buscaba comida en las papeleras mientras lo seguía, sé que a estas alturas es consciente de que lo estoy siguiendo. Lo conozco bien. Esperará a que me acerque lo suficiente antes de acometerme, así que no le doy tiempo.

-Hola, Roberto. No imaginas cuánto me alegro de volver a verte.

Capítulo 35. Un buen aperitivo

 



Confiaba en Carlos, pero estoy convencido de que fue ejecutado durante mi secuestro. Simon Rothko pagará por ello, llegado el momento, pero no es el primero en mi lista.

Me queda Roberto. Quizá –y solo digo quizá- aún sea leal. Además, es posible que continúe trabajando para mi antigua organización, lo que me sería de gran ayuda. Es un buen hombre, concienzudo y hábil cuando hace falta. No es fácil encontrar hoy día gente con su preparación en nuestro mundo. Tengo esperanza de que siga rondando por aquí.

No sé dónde vive –tomo nota mental de que, si consigo regresar, me tomaré más en serio la vida privada de mi gente de confianza-, así que decido permanecer por los alrededores y esperar. No necesito camuflaje alguno. Apesto de tal forma que hasta los mendigos me rehúyen, me he dejado crecer una barba selvática (y, me temo, llena de vida microscópica), y, sobre todo, ando. Soy capaz de caminar. ¿Qué mejor disfraz que esta nueva realidad, lo único positivo que he obtenido de mi aventura?

Desde un banco del jardín que se encuentra al otro lado de la calle, obtengo una visual perfecta del trasiego que tiene lugar frente a mi edificio. El mismo espectáculo que he contemplado cada día desde las alturas, ahora lo observo desde una posición mucho más humilde. Pese a todo, aunque me cuesta explicármelo a mí mismo, no me siento desdichado. Tengo piernas de nuevo. Soy, lo que se dice, un hombre completo. Y, sobre todo, tengo un propósito, un reto al fin.

No me desanimo cuando el día transcurre sin que Roberto dé señales de vida. Sí veo, en cambio, a mi “amigo” José María atravesar con aire ufano las puertas de mi edificio, dueño absoluto de todo, ahora que ya no existo. Dueño, pero bajo las órdenes de Rothko. Me sonrío imaginando la cara que pondrá el día en que volvamos a encontrarnos. Tras él llega Rus, mi secretaria. No tengo claro todavía que haya formado parte del complot. Si no está en el ajo, podría convertirse en mi puerta de entrada ya que maneja bastantes de las claves que mueven mi dinero… y otras cosas.

Paso la noche en el mismo banco, cubierto por una manta de periódicos viejos. No por frío, ya que acaba de comenzar el mes de abril, sino para sustraerme a las miradas curiosas. Sin embargo, no me sirve de mucho.

A las tres de la madrugada me despiertan voces juveniles, tocadas de alcohol. Antes de que pueda reaccionar noto el impacto de un puñetazo en el vientre, que me despierta del todo.

-¡Putos mendigos comepollas! ¡Creía que habíais entendido el mensaje! No queremos piojosos como vosotros apestando Madrid. Ensuciáis la ciudad.

El muchacho que habla debe rondar los diecisiete. Viste bien. Cutre pero caro. Lo acompañan –más bien lo escoltan- otros tres chavales del mismo corte. Ropas pijas camufladas con botas de motorista y unos pendientes ridículos. Camisetas Lacoste de color negro con las mangas agujereadas para parecer “calle”. Uno de ellos porta una botella de plástico sin etiqueta que debe contener gasolina, por el olor que desprende. Otro esgrime un mechero. Está claro cuál iba a ser la tarea que se tenían reservada para esta noche.

El líder, ahora veo que es rubio rasurado, bastante fuerte, y de piel blanca y bien cuidada, levanta la pierna con intención de rematar la faena con una patada en mi cabeza.

Suena el trallazo y en el periódico que me cubre aparece un orificio de grandes dimensiones. Lo ha formado la bala que ahora se aloja en la cabeza del rubio, que cae al suelo como un fardo. Su rostro ya no refleja diversión, ni exaltación, ni furia fingida, sino sorpresa. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué está en el suelo sin vida, cuándo debía ser él quien dispensara la muerte?

El resto, su ganado, todavía no sabe lo que ha sucedido. Permanece quieto, sin moverse, como aguardando el final de la broma.

Podría dejarlos marchar para que aprendieran la lección. Pero ¿sabes? Yo no soy maestro, ni doy lecciones a la gente.

Los mato. Uno a uno. El primero, el que lleva la botella, recibe el balazo en toda la cara, que queda convertida en un borrón de sangre y huesos. Los otros dos, esta vez sí, intentan huir, pero los alcanzo por la espalda. Procuro no fallar, no quiero que haya descripciones mías a la policía. Mi incógnito es lo más importante ahora mismo para mí.

Caen los tres, pero algo he aprendido en la guerra. Sin apresurarme, con la cabeza cubierta por la capucha de mi sudadera negra, me acerco a ellos y vuelvo a dispararles entre los ojos.

Después me marcho. Puede que alguien me haya visto. A un mendigo encapuchado acribillando a unos pobres chavales tratando de divertirse.

Mañana quizá el periódico que me cubra contenga un reportaje sobre ellos.

sábado, 8 de junio de 2024

Capítulo 34. El Renacido

 



El resto del viaje hasta Polonia transcurrió sin sobresaltos importantes. Tuve que abandonar el camión poco después de dejar Leópolis, a ochenta y cinco kilómetros de la frontera. Demasiados controles, la mayoría ucranianos, que al parecer intentaban evitar la huida del país de los hombres en edad de luchar.

Fui testigo de cómo un grupo de soldados registraba una maltrecha furgoneta conducida por una mujer embarazada. Buscaban al padre de la criatura, que viajaba en la parte trasera camuflado en el interior de un baúl lleno de ropa. Lo sacaron a rastras entre los lamentos de su esposa, una muchacha que no contaría aún los veinte años, y lo abofetearon, antes de obligarlo a desnudarse y enfundarle el uniforme.

Por fortuna, eso ocurrió cinco vehículos antes del mío, lo que me dio la oportunidad de escapar por la parte trasera del camión. La mujer que conducía el turismo que circulaba detrás de mí abrió los ojos, asustada y sorprendida, pero me bastó señalar mi fusil y a la niña que viajaba a su lado para que guardara silencio.

Me interné en un bosquecillo cercano y caminé durante más de veinte horas, orientándome por la trayectoria del sol. El móvil robado a Vasily había muerto hacía tiempo, y no podía servirme ya de ayuda, así que lo arrojé al suelo y lo aplasté con mi bota para evitar que alguien pudiera localizarme a través de él. No era probable, dado el caos que reinaba en el país, que nadie anduviera buscándome, y menos considerando el poco tiempo transcurrido desde que abandoné su cadáver, a pocos kilómetros de Kiev, pero no quise pecar de confiado tan cerca del final de mi viaje.

Era de nuevo noche cerrada cuando por fin llegué al paso fronterizo de Medyka. Los visores nocturnos robados a los soldados de Borodianka me resultaron de gran ayuda, ya que me proporcionaron una panorámica privilegiada de la situación a pesar de la oscuridad. Una multitud de vehículos se había concentrado en la entrada generando un atasco de varios kilómetros. Por suerte, no había controles. Imaginé que los soldados encargados de examinar los vehículos se encontraban en otros puntos más retrasados, como el que yo había evitado a la salida de Leópolis.

La cerca exterior, por donde había planeado introducirme, se me antojaba ahora inexpugnable. Se trataba de una doble valla, no tan alta como las que había visto una vez en Ceuta, pero estrechamente controlada. Pude ver un soldado polaco, al menos cada diez metros. Además, aún me encontraba demasiado débil y agotado a consecuencia de la larga caminata a través del bosque.

Finalmente, tuve la feliz idea de colarme en un pequeño camión cargado de muebles. Para ello me vi obligado a abandonar mi escaso equipaje, incluido el fusil. Me permití, no obstante, quedarme con las gafas, que aún conservo a modo de lúgubre recordatorio. Detrás de un taquillón que hedía a moho y papel viejo, me acomodé en cuclillas, soportando como pude el dolor de las piernas y aguardé a que amaneciera.

Cinco horas después, entraba en Polonia, libre al fin.

 

El trayecto hasta España prefiero olvidarlo. Reseñaré tan solo que me vi obligado a hacer y decir cosas repugnantes. Robé a punta de navaja en una gasolinera a una dependiente histérica que atendía a un grupo de chavales franceses en viaje de estudio. Huelga decir que también saqueé las escuálidas carteras de los críos, sin remordimiento alguno, convencido de que sus papás no tardarían en volverlas a llenar en cuanto fueran conocedores del hecho. Pernocté en sucios hostales plagados de cucarachas, provistos de camas húmedas y suelos pegajosos que en otros tiempos no hubiera osado ni rozar con la punta del pie.

Hoy, ahora, estoy de nuevo en Madrid, muy cerca del edificio que una vez constituyó mi base principal. Sé que no puedo ni debo entrar sin más. Estoy muerto a efectos legales y también a efectos materiales. Sé, sin el menor asomo de duda, que si doy un paso en el interior de este edificio que es mío, estaré muerto de verdad en menos tiempo del que tardo en contarlo.

No, a pesar de que ardo de impaciencia por recuperar lo que me pertenece y pagar mis facturas pendientes, debo ser inteligente esta vez y aprovechar la ventaja que el azar y la astucia me han proporcionado. Mi propia inexistencia.

lunes, 27 de mayo de 2024

Capítulo 33. Cuestión de prioridades

 



El bulto gime de dolor. Le dirijo una mirada rápida, ya que estoy esperando la llegada del grandullón, pero es suficiente para confirmar mis sospechas. Se trata de una mujer. Joven, casi una niña, a juzgar por su voz y su tamaño. No pierdo el tiempo con ella. Repto hacia el muerto y le sustraigo las gafas de visión nocturna. Después lo empujo detrás de la puerta, a sabiendas de que será el primer lugar que compruebe el mercenario. Luego me escondo al otro lado del mostrador, junto al bulto de la muchacha, que me servirá de escudo en caso de que decida disparar primero y preguntar después.

Y hago bien, porque una larga ráfaga precede la entrada del militar. Algunas de sus balas impactan en el cuerpo de su superior, al que yo creía muerto. Un gemido prolongado, su último estertor, me informan de que me equivocaba.

No me ha visto. Aprovecho su pausa para recargar, le apunto al cuerpo, rogando para que aún me quede munición en el arma, y aprieto el gatillo: KA-PA-KA-PA-KA-PA. El grandullón también cae, en el mismo umbral de la puerta de la gasolinera.

-Por favor… ayuda… -se lamenta el bulto que hay a mi lado.

Me arrastro hasta el soldado al que acabo de tirotear para comprobar que está muerto. No lo estaba. Tengo que dispararle de nuevo, esta vez a la cabeza, que rebota contra el suelo a consecuencia del impacto. La mitad de su cara, todavía protegida por el casco y las gafas de visión nocturna, desaparece. Después me asomo a la ventana más cercana y vigilo durante unos minutos. Nada se mueve, nadie se acerca. Estamos solos.

Ahora sí, me intereso por la muchacha; necesito información.

-¿Quién eres tú? ¿Quiénes eran ellos? ¿Qué hacían aquí?

-Socorro… Mi hermana… -me suplica, dirigiendo su mirada a la parte de atrás del mostrador.

Allí hay una niña, de unos ocho años aproximadamente, completamente desnuda. Las piernas abiertas, separadas, los muslos ensangrentados. No le veo la cara, cubierta de sangre y porquería. Está muerta.

-Ayuda…

Se ha quitado la manta mugrienta que la cubre y ahora puedo ver su cuerpo, tan maltratado como el de su hermana. No debe haber cumplido los catorce años. Ni siquiera puedo imaginarme su historia. Es probable que los mercenarios que acabo de ejecutar las hayan secuestrado de su casa, o que sean las supervivientes de algún ataque furtivo en la ciudad. O quizá, simplemente, tuvieron la mala suerte de pasar por allí. Es probable que sus padres hayan muerto, igual que su hermana. Así es la guerra.

He cambiado de idea. La chica no me es útil. Y tampoco creo que esté en condiciones de proporcionarme ninguna información de valor.

-Ayuda… Por favor.

Registro los cuerpos de los soldados muertos y me incauto de munición y algo de comida que llevaban encima. Dejo el dinero. No creo que me sirva de nada a partir de ahora. Luego abandono aquel edificio infausto y regreso a mi camión. Esta vez, puedo repostar sin problemas. Lleno el tanque y salgo pitando de allí.

Rodearé Borodianka, la ciudad maldita, y continuaré viaje hasta la frontera con Polonia. Esta vez, sin paradas. Luego encontraré la forma de regresar a España, a Madrid.

Luego…

Luego llegará el momento de ajustar cuentas.

jueves, 9 de mayo de 2024

Capítulo 32. Mercenarios o comadrejas

 


 

El camión es un viejo Nissan con más de treinta años. La ballesta cruje como un demonio cada vez que hundo sus ruedas en cualquiera de los socavones que cubren la maltrecha calzada. A pesar de todo, el viaje transcurre sin incidencias hasta Borodianka.

A medida que avanza la noche, el aire comienza a llenarse de los familiares ecos de los bombardeos. El estruendo proviene de Kiev, que está siendo acometida por el ejército ruso. Si cae esta noche, el resto del país también caerá, como un castillo de naipes arrastrado por el viento. Da igual. Gente que mata a gente… ¿Qué importan estos o aquellos?

Espigas de trigo amarilleando el suelo. Gotas de lluvia cayendo en el océano. Césped recién cortado sobre la hierba.

Pero no me gusta. Es peligroso. Aunque el frente está ahora en Kiev, el ruso es un ejército indisciplinado, mercenario, sin honor. Podría encontrarme con batallones sueltos, con algún lobo solitario, y yo estoy débil e inerme. Anatoly no tenía en sus bolsillos más que un teléfono móvil y un puñado de grivnas, que ya he juntado con el dinero que encontré entre las ropas de los dos viejos de Fontanka.

El móvil está desbloqueado. Podría intentar una llamada a España, pero no lo haré hasta no estar seguro de quién o quiénes me traicionaron. Eso, con suerte, sucederá muy pronto. Mientras tanto, solo me queda la opción de sobrevivir, sea como sea.

Llego a Borodianka. Maldita ciudad. Maldita. Tengo que detenerme porque el chivato de la reserva está encendido desde Kiev. Calculo que me queda gasolina para treinta o cuarenta kilómetros como mucho.

A la entrada de esta ciudad, que no es más que una calle hipertrofiada, encuentro una gasolinera que aún permanece en pie. Es noche cerrada, y no se observa movimiento por los alrededores. A pesar de todo, detengo el camión y apago el motor y las luces. Bajo el cristal y aguzo el oído, pero solo me llega el retumbar de las bombas que arrecian sobre la capital. Me separan sesenta kilómetros, pero da la sensación de que estuvieran cayendo allí mismo.

No me queda más remedio que intentarlo, si no quiero renunciar al camión. Arranco de nuevo y avanzo hasta situarme junto a uno de los surtidores. No espero que venga nadie a atenderme, es más que obvio que el lugar lleva abandonado algún tiempo. Quizá ni siquiera queda gasolina en los depósitos.

El grito, más bien jadeo, llega a mis oídos en el preciso instante en el que extraigo la manguera. Proviene del interior de la gasolinera, una construcción muy similar a cualquiera de las que se pueden encontrar en España.

¿Qué hacer? El sonido que acabo de escuchar resulta poco tranquilizador. Podría tratarse de un grupo de soldados ensañándose con alguna desventurada, o algo peor. Tengo que salir de allí.

Pero en el momento en que vuelvo a dejar la manguera en su sitio, noto en mi nuca el frío contacto de un cañón.

-El menor movimiento y eres hombre muerto –me ordena alguien en perfecto ruso.

-Has sido muy silencioso.

-¿De verdad? –replica con sarcasmo. Y añade en tono más perentorio-: ¡Camina, vamos!

Me conduce al interior de la tienda, cuya puerta se abre de improviso. Una cabeza de la que solo puedo distinguir un casco y unas gruesas gafas nocturnas nos hace signos para que entremos. Nada más atravesar el umbral, recibo una fuerte patada en la espalda que me arroja al suelo.

-Sois muy amables.

-Cállate, imbécil –contesta mi captor. Es un hombre alto y de complexión fuerte. Es lo único que puedo ver de él, ya que tiene el rostro totalmente cubierto como su compañero.

Son dos. Tienen el uniforme gastado y las botas sucias, agujereadas. Además, no llevan insignias ni galones. Mercenarios. Probablemente desertores.

-¿Quién eres? –me pregunta el que nos ha abierto la puerta, varios centímetros más bajo que su compañero. A pesar de ello, su voz chillona y autoritaria me hace pensar que es quien lleva la voz cantante en esa sociedad.

-Un civil que huye, nada más.

-¿Estás solo?

-Sí. Intento llegar a la frontera con Polonia. –Señalo al exterior con la cabeza-. Ese de ahí fuera es mi camión. Registradlo, si queréis, está vacío.

En ese momento se oye un gemido. Hay alguien más con nosotros.

Intento volverme, pero solo alcanzo a ver una sombra, un bulto pequeño que tiembla junto al mostrador de la tienda. La bota del grandullón me obliga a quedarme quieto con una patada en el estómago.

-Eso no te incumbe –me espeta el jefe. Luego, dirigiéndose a su compañero-. Comprueba si es cierto lo que dice sobre el camión. ¿Y las llaves?

-En el contacto.

El grandullón sale de la tienda, dejándome a solas con su superior y el bulto tembloroso del suelo.  

-¿Sois desertores?

-Calla la boca, si quieres vivir.

Suelto una carcajada que el soldado recibe con sorpresa. Se levanta las gafas y puedo verle los ojos. Son de comadreja. Astutos y serviles.

-¿De qué me va a servir? Vais a matarme igual. Sois mercenarios de Wagner, ¿verdad? Carniceros a sueldo…

El soldado reacciona como yo esperaba. Levanta su fusil, un AK-12 de asalto, y trata de golpearme en la cabeza. En cuanto se halla a mi alcance lo sujeto con las dos manos, apartando de mí el cañón, y tiro con todas mis fuerzas.

-¡Cerdo! –protesta, al verse desarmado-. Entonces se vuelve hacia la puerta, no sé si con intención de huir o de avisar a su compañero.

Evidentemente, no puedo permitirlo.

Desde el suelo, le envío una ráfaga. La comadreja ejecuta un baile acrobático y se desploma como un muñeco desinflado.  

miércoles, 1 de mayo de 2024

Capítulo 31. Qué bello es vivir

 


El viaje termina para Anatoly –así se llama el infeliz conductor- cuando dejamos de ver los últimos tejados de Kiev.

Casualmente, nada más abandonar la ciudad me entran unas ganas terribles de mear. Escojo un tramo de carretera de aspecto apocalíptico y le ruego a Anatoly que detenga el camión. No parece muy convencido. Recibe mi propuesta con un mohín de desagrado, pero no encuentra ninguna excusa para negarse a atender mi petición.

Los bombardeos han hecho estragos en la calzada, repleta de cráteres de tamaño irregular. El lugar elegido se encuentra rodeado de casas semiderruidas y campos de trigo calcinados. No hay un alma a la vista.

Si la hubiera, tampoco me importaría.

-Lo siento mucho –me disculpo al bajar del camión.  

-No hay problema, amigo, pero dese prisa –responde, vigilando el cielo. Creo que se arrepiente de haber aceptado mi propuesta. Son las cinco de la tarde y el sol ya comienza a declinar.

Camino unos metros de modo errático, como si anduviera buscando el lugar adecuado, y en cuanto me pierde de vista rodeo completamente el camión para situarme de nuevo junto a la puerta del conductor. Veo su brazo, asomando por la ventana, pero él no me ve a mí. Está silbando una tonada que acompaña de ridículos canturreos. Debe ser alguna canción popular ucraniana.

Creo haber dicho en alguna parte que durante estos años me he dedicado a ejercitar mis brazos. Una manera de compensar mi invalidez, supongo. Trabajo intenso, duro, constante, que hoy por fin da sus frutos.

Sinceramente, dudo que existan muchas personas en el mundo capaces estrangular a un varón adulto con una sola mano.

Pagaría por saber lo que pasa por la cabeza de este hombre durante el minuto largo que dura su agonía. Sus ojos permanecen clavados en los míos todo el tiempo. Por ellos desfilan la sorpresa, la incredulidad, el miedo y, al final, una cruda resignación. Yo no aparto la mirada en ningún momento, tratando de desentrañar esos últimos instantes de vida.

No me considero un sádico. De hecho, me desagrada profundamente matar a una persona, salvo que sea necesario. La tortura tampoco me satisface. Es un recurso. Un recurso útil, la mayoría de las veces. Forma parte del trabajo.

Pero he de confesar que siempre he sentido curiosidad por esos postreros momentos en los que la persona sabe, tiene la certeza absoluta, de que va a morir. Se ha dicho que tu vida entera pasa ante tus ojos, como una película de cine. Yo siempre he pensado que eso no son más que gilipolleces románticas. En la mente de este pobre hombre solo está mi cara, mi mano, mis ojos, el deseo de vivir, la incapacidad de luchar. Solo eso, y nada más.

Cuando todo termina, arrojo su cuerpo a la cuneta más cercana. Me ha costado un poco bajarlo. Mis brazos no pueden compensar del todo la debilidad de mis piernas, todavía atrofiadas por el largo período de inactividad. Antes de regresar al camión, con el que espero alcanzar Polonia, me veo obligado a descansar junto a la puerta abierta. A pesar del frío (cómo echo de menos la calidez de mi país), un pegajoso chorrete de sudor me recorre la espalda hasta humedecer mi ropa interior. En otra época me habría causado malestar, pero los acontecimientos de las últimas semanas han hecho de mí una persona más paciente.

Capítulo 47. Un nuevo comienzo

  Han transcurrido dos semanas desde que mantuve mi última charla con José María. En este tiempo no se han producido grandes acontecimientos...