lunes, 4 de diciembre de 2023

Capítulo 3. No siento nada

 


Los prostíbulos están cerrados, lógicamente. Las putas libres descansan en sus camastros, en la parte trasera de los edificios, mientras trabaja el equipo de limpieza. Algunas, las que tienen casa, han regresado a ella para iniciar la segunda parte de su doble vida. Las demás deben encontrarse ya en el piso franco, donde uno de los hombres las vigila de cerca. Eso me recuerda el pequeño contratiempo de Getafe. Anoto mentalmente preguntar a Carlos sobre el resultado de su encargo. Tengo curiosidad por saber cómo logró esa chica zafarse de su guardián.

También quiero estar seguro de que ya no existe ninguno de los dos.

Visitamos un par de antros de apuestas, una guardería de droga y un depósito de armas, todos ellos dirigidos por personas que trabajan para personas que reciben subvenciones de empresas legales. Empresas, huelga decirlo, que mantienen relaciones financieras con sociedades mercantiles presididas por individuos pagados por mí a través de alguna de mis identidades falsas. Algunos de ellos, los más importantes, me conocen, pero en general procuro mantenerme al margen. En realidad, aunque mi sistema parece complejo, no es más que una versión más sofisticada de la estructura que ideé en mi juventud, cuando trapicheaba con droga en los institutos de mi pueblo.

A petición mía, Roberto me lleva hasta uno de mis viveros localizado en un área de extrarradio, muy alejado de la ciudad. El Jeep negro se tiñe de polvo rojizo mientras recorre el camino rural que serpentea alrededor de las colinas, en dirección a un valle amplio e irregular. Aunque gozo de un magnífico sentido de orientación, me reconozco perdido al cabo de media hora de viaje. El lugar es una antigua marranera que actualmente alberga una docena de cerdos, al cuidado de un ganadero jubilado. La jubilación, en realidad, le llegó antes de lo esperado. Diez mil euros mensuales le ayudaron a tomar la decisión.

El olor que desprenden los animales es el mejor sistema para alejar a los curiosos. El inspector de sanidad de esta región está en nómina. Emite sus informes sin moverse de su despacho, y es bien retribuido por ello.

Cuando nos acercamos lo suficiente, el hedor traspasa el interior del coche, por lo que me cubro la nariz y la boca con un pañuelo. Roberto ni se inmuta.

-¿Qué es eso? –le pregunto. A pesar de tener las ventanas cerradas, escuchamos un estrépito de voces alteradas, acompañadas de ocasionales aplausos. Alguien parece estar celebrando una fiesta.

-No lo sé. Voy a informarme.

Deja el coche en marcha, con el aire acondicionado puesto, y se acerca a la granja evitando la puerta principal. Su mano se dirige instintivamente a la sobaquera, donde esconde su arma.

Regresa a los pocos minutos, con su rostro inescrutable de siempre.

-Han organizado una pelea de perros. Están apostando. Nadie vigila –añade en tono de reconvención tras una pausa.

Como he dicho, la granja de cerdos es un vivero; el lugar donde almaceno parte del dinero antes de ser blanqueado a través de mis empresas. Al parecer, el trabajo no es lo suficientemente atractivo para mis hombres, y quienes se deberían estar ocupando de su clasificación y custodia, ahora mismo pierden su tiempo contemplando cómo dos animales se destrozan mutuamente. Es peligroso. Cualquier idiota en bicicleta podría escucharlo, incluso desde lejos.

-Llévame hasta allí.

Roberto sube al coche y lo conduce un poco más cerca de la granja, a fin de facilitarme el acceso. Desde la ventanilla calibro la dificultad del terreno. Aunque el piso es muy irregular, creo que mi silla podrá salvarlo sin grandes problemas.

Antes de bajar, observo la entrada. Ni un vigilante apostado, tal y como me ha adelantado Roberto. Cualquiera podría entrar allí como Pedro por su casa. No lo sé con seguridad, pero calculo que ese vivero debe contener más de quinientos millones. Empiezo a notar que mi corazón se acelera y que regresa la vieja ira. Quizá nunca se fue.

Finalmente, he tomado una decisión. Mi silla cuenta con un potente geolocalizador que me mantiene ubicado permanentemente. Además, me permite enviar señales, así como dar instrucciones. Por ejemplo, la movilización de alguna célula armada.

Es lo que hago ahora.

-Vale, bájame –le ordeno a Roberto.

Él acciona un botón que tiene junto al volante. La puerta de mi lado se abre y desciende la plataforma hasta tocar el suelo. Tengo un pequeño obstáculo en el mismo lugar por el que debo bajar. Es un accidente del terreno, que forma una pequeña ondulación, una especie de escalón, pero como imaginaba, mi silla lo supera con facilidad.

Roberto va delante. Abre la puerta y me precede.

La entrada del vivero es un pasillo lóbrego y estrecho. El suelo no está pavimentado y las paredes son simples muretes de ladrillos agujereados. La peste es aquí insufrible, lo que, unido a la dificultad del camino, incrementa mi furia. Sin embargo, no permito que esa rabia me afecte. Soy el mismo Ángel de siempre.

Pasamos junto a los cerdos, encerrados en sus cochiqueras. El encargado de cuidarlos es el único que permanece en su puesto. Lo encontramos abrevando a los animales, que lanzan algún gruñido ocasional cada vez que se acerca a ellos. Es viejo, más de lo que imaginaba. Setenta años o así. No sé mucho de él, pero creo recordar que tiene una nieta a su cargo. Los padres murieron en un accidente de tráfico. Me mira, extrañado. Por supuesto, nada sabe de mi existencia. Luego se fija en Roberto, y algo me dice que ha comprendido lo que está pasando. Escupe en el suelo, a su espalda, y vuelve la cabeza hacia su derecha, de donde provienen los gritos. Luego prosigue su trabajo sin hacer ningún comentario.

-Vamos, quiero verlo –le digo a Roberto. En ese momento se escucha el gemido prolongado de uno de los perros, seguido de un nutrido aplauso.

Roberto se ha detenido frente a la puerta, y se rasca la cabeza, pensativo.

-Hay un escalón.

Es cierto, justo delante de la puerta, aunque no es muy alto.

-Ve tú primero, no hay problema. Y prepárate –le digo, mirando su sobaquera. Él asiente, aunque me da la impresión que ya tenía claro lo que está a punto de suceder.

 

Como esperaba, mi silla salva el escalón sin dificultad; ya he dicho antes que costó una millonada, pero ha cumplido las expectativas con creces. Roberto me espera con la puerta abierta, manteniéndose algo adelantado.

Nadie, repito, nadie, se percata de que han entrado dos intrusos. Lamentable.

Estamos ahora en una especie de corral formado por un círculo central rodeado por una cerca de madera. A su alrededor, un estrecho corredor de suelo terroso donde se hacinan los espectadores. A pesar de hallarme sentado, puedo ver entre los tablones lo que está sucediendo. Distingo con claridad un pitbull blanco con medio cuerpo ensangrentado. Ha perdido un ojo, y una de las orejas -o lo que queda de ella- es apenas un colgajo. Tiene la boca enterrada en el cuello de un perro grande, grisáceo, que recuerda vagamente un dogo. La presión de la mordida hace resaltar la musculatura de su mandíbula, que proyecta continuas fasciculaciones. De sus fauces chorrea un fino caño de sangre espumosa.

Aunque no parece tan dañado a primera vista como su adversario, la vidriosa mirada del dogo revela que está derrotado.

Le hago una señal a Roberto para que aguarde. De repente me apetece contemplar el final de la escena.

Por alguna razón, me trae a la memoria la charla que mantuve con un loquero, hace años. Era un niño todavía. Tras obligarme a completar un larguísimo cuestionario, comenzó a hacerme preguntas estúpidas, pero que me hicieron sentir incómodo. Lo odié por ello.

“¿Qué sientes cuando alguien se enfada contigo?”

 “No comprendo la pregunta”

“De acuerdo, te lo pondré más fácil… Si tu mejor amigo dejara de hablarte, o te traicionara, ¿sentirías algo?”

“Supongo que sí. Supongo que me enfadaría”.

En realidad, hubiera hecho algo más que enfadarme, pero por entonces era ya lo bastante despierto como para callarme lo que realmente pensaba. Y lo que pensaba era que, con toda seguridad, lo castigaría. Lo castigaría con dureza.

“¿Y si…? -pareció dudar-… ¿Y si alguien hiciera daño a un ser querido? A tu mamá, a tu papá… a una mascota.

Esta vez no dije nada. No tenía mascota, por otro lado. Nunca he tenido una. Me parece estúpido hacerte cargo de un animal que no te importa nada.

Soy capaz de recordar todas y cada una de las cosas que he vivido, pero de algunas conservo una imagen más nítida, por alguna razón. De esta conversación, por ejemplo. Supongo que me marcó. ¿Sentir? ¿A qué se refería ese individuo? ¿Por qué habría de sentir algo?

Mientras contemplo la agonía del perro vencido, la desesperación en su mirada, la lenta y dolorosa exhalación que brota de su boca, se me ocurre que hoy sí tendría una respuesta para él.

Nada.

No siento nada en absoluto.

 

El perro ha muerto, lo que supone el final de la diversión. Varios de los hombres ya se han percatado de nuestra presencia y escucho algunos cuchicheos que nos señalan. Son media docena, la mayoría, con suerte, desarmados. Cuento con su estupidez.

A mi señal, Roberto saca su pistola y dispara al aire. Todas las miradas están ahora pendientes de él, y yo aprovecho para extraer mi fusil de los bajos de mi silla de ruedas. Es un híbrido corto del famoso AR-15 americano. Mismas prestaciones, pero mucho más liviano y compacto. Lo mejor de todo, es capaz de disparar setecientos disparos por minuto. Fabricado expresamente para mí, siguiendo mis indicaciones.

-Que nadie se mueva ni un milímetro de donde está –digo, levantando la voz-. Ninguno de vosotros me conoce. En ese sentido, nada va a cambiar. Basta con que sepáis que soy quien paga vuestros sueldos. Y estáis bien pagados, me consta. Me gusta tener contentos a mis empleados porque creo que de esa manera evito las malas tentaciones. Pero hoy me siento estafado.

Me detengo. El perro ha comenzado a gañir con fuerza. Es su lamento de despedida. Entonces, suena otro disparo y su cabeza salta por los aires. Me vuelvo hacia Roberto, que se justifica:

-Estaba sufriendo. Además, había que hacerle callar.

Asiento con la cabeza. Ahora hay un silencio sepulcral, solo interrumpido por el sordo gruñido de los cerdos. Miro mi reloj. Han transcurrido treinta minutos desde mi aviso. No deberían tardar mucho.

-¿Quién es el encargado? –pregunto, levantando el rifle.

Nadie contesta, pero las miradas se desvían hacia un individuo de corta talla y gruesos labios latinos.

-¿Eres tú?

-Sí, yo.

-Nombre.

-Luis.

-Luis… ¿Cuánto tiempo llevas trabajando con nosotros, Luis?

-Dos años.

-¿Alguna vez has matado, Luis?

Duda en responder.

-Sí. Varias veces.

-Mentira –le digo, antes de apretar el gatillo. Su cuerpo ejecuta una suerte de baile espasmódico, y cae al suelo-. Hasta pronto, Luis.

Los demás guardan silencio, ni siquiera un grito de protesta. Resulta evidente que el muerto no era demasiado popular entre sus hombres.

-Mi amigo y yo hemos entrado sin ningún problema –prosigo-. Nadie ha dado el aviso, nadie nos ha detenido en la puerta. Nadie ha hecho nada. Y como todos sabéis, hay mucha pasta escondida aquí dentro. Tú –señalo al que me parece el más joven del grupo-. ¿Cómo te llamas?

-Javier… Javier Pulido.

-Javier. Tendrás… ¿diecinueve?

-Veintiuno.

-¿Cuánto te pagamos al mes, Javier?

-Cinco.

-Cinco mil euros, no está mal. Mucha pasta por hacer algo tan sencillo, ¿no crees? El dinero viene ya contado y empaquetado. Ni siquiera eso debéis hacer. Se trata de vigilar una puta granja de cerdos, alejar a los curiosos, y entregarlo a su debido tiempo. Joder, Javi…

-Lo siento.

-¿Tienes familia, Javi?

Roberto me mira de soslayo. Creo que no tiene ni idea de a dónde pretendo llegar. Por qué no me lo cargo, sin más, se pregunta. En otras circunstancias, podría pensarse que trato de ganar tiempo hasta que llegue el equipo, pero a estas alturas resulta más que evidente que tan solo van a ocuparse de limpiar el estropicio.

No. Hoy es un día especial. El día en que por fin he recibido la noticia de que volveré a caminar, y supongo que estoy eufórico. Además, la visión de la pelea entre los perros ha despertado en mí un apetito que ya creía olvidado. La ira ha dado paso a otra cosa.

Juego, solo eso. Juego. Hace tanto tiempo que no lo hago.

El hombre que tiembla frente a mí, por ejemplo. A sus ojos no soy más que un tullido loco que tiene un arma. Sabe (debe saberlo) que su vida pende en estos momentos de un hilo muy fino, tanto, que podría romperla un solo parpadeo, un suspiro. O, probablemente, lo que salga de sus labios.

-Tengo hijos… -vacila-. Una niña pequeña de tres años.

-¿Estás casado?

-No, todavía no. Lo… lo estamos pensando. Las cosas están difíciles…

-Lo imagino –le señalo el cuerpo de Luis-. ¿Quieres vivir, Javi?

-Sí, señor.

-De acuerdo. Lo acabo de decidir. Vivirás.

Acto seguido dirijo mi rifle hacia el resto y descargo una ráfaga. En apenas cinco segundos, todos están muertos. Menos Javier. Él sigue vivo.

-Creo que debéis tener palas por aquí, en algún sitio. Empieza a cavar –le ordeno-. Tus compañeros, entiérralos junto al perro, no hagas distinciones.

Roberto está mirando por encima de mi hombro con gesto de pesadumbre. Me vuelvo y mis ojos se tropiezan con la mirada asustada del viejo. Observo que hace ademán de largarse.

-Vaya. Me caía bien –murmuro, y vuelvo a disparar mi arma.


martes, 28 de noviembre de 2023

Capítulo 2. Cosas que me relajan

 


Carlos es un tipo eficiente y preciso, un tipo de fiar. De los que no dejan que crezca la hierba bajo sus pies. Creo firmemente en la idea de que para cierta clase de trabajos resulta más útil el propio instinto que un exceso de preparación, y en este sentido las cualidades de Carlos son indiscutibles.

En el pasado se dedicaba a secuestrar y asesinar por encargo. Lo atraparon, como era previsible, pero José María consiguió librarlo de la cárcel gracias a una argucia legal. Sus hazañas habían sido ampliamente ventiladas por los medios de comunicación, que llegaron a tildarlo de enemigo público número uno, así que le pedí al abogado que concertara una reunión con él. En cuanto lo vi, supe que había encontrado a mi hombre. El tipo de persona que nunca me diría que no, que no pondría excusas, que jamás vacilaría en su empeño. En definitiva, Carlos era el hombre que andaba buscando, así que lo recluté. 

Hasta el día de hoy, no he tenido motivo de queja por su trabajo.

Mi teléfono móvil suena en cuanto cierro la puerta de mi despacho. Es Reus.

-Acaban de llamar de Lausana, la doctora Bloch en persona. Se la paso.

Se escucha un tono de llamada, y enseguida la voz áspera de mujer, en holandés:

-¿Kingsman?

-Soy yo.

-Tenemos buenas noticias. Los últimos ensayos han finalizado con éxito, por lo que pasamos a fase II.

-Y eso qué significa.

-Significa que quizá, con suerte, dentro de un año podremos empezar a experimentar con humanos. Será su oportunidad…

-Eso no es aceptable, doctora. Debemos hacerlo inmediatamente.

-Imposible.

De nuevo, respiro hondo. Hoy está resultando un día entretenido.

-No voy a discutir con usted, doctora. La semana que viene viajaré a Suiza, acompañado de mi gente de confianza. Dispóngalo todo. –Hago una pausa. Una pausa larga, pero ella guarda silencio-. Hágalo o perderán mi subvención. Y no será lo único que pierdan, puede estar segura.

-Señor Kingsman… -aunque trata de contener la voz, me resulta fácil detectar su miedo. Eso me alivia-. Debe comprender… tiene que hacerlo… la importancia de este descubrimiento… si no se sigue el protocolo del experimento… las consecuencias...

Cuelgo el teléfono. Después, llamo a Reus.

-Prepara las cosas. La semana que viene salimos para Lausana.

-¿Buenas noticias?

-Excelentes.

Me acerco de nuevo a la ventana y contemplo la ciudad. Me gusta mirarla. Las calles atestadas de humanidad; seres insignificantes que caminan sin rumbo con la cara pegada a un teléfono móvil que parece formar parte de su anatomía. Desde mi altura puedo ver cómo tropiezan, odian, son felices o desgraciados. Pobres miserables. A veces escucho sus gritos en mi cabeza.

Me relaja. Me relaja mucho. 

Imagino que tengo entre mis manos un fusil de precisión, apuntando a la cabeza de cualquiera de ellos, y que aprieto el gatillo. Lo veo a él, a ella, caer al suelo con la cabeza destrozada, manchando la acera de sangre y restos cerebrales. Acabo de detener su reloj en un instante, lo he dejado sin tiempo. Así, puf, de un plumazo.

Los demás corren, como hormigas asustadas por el pisotón de un niño. Tratan de escapar de esa muerte que ha irrumpido de repente en sus vidas. Pero no todos lo consiguen. 

No, no todos.

 

Hace dos años, Elsa Bloch y su equipo lograron lo que hasta entonces parecía imposible. Un tratamiento experimental basado en el trasplante de células madre consiguió que un par de ratas parapléjicas volviera a caminar. De inmediato me puse en contacto con ellos. No lo hice directamente, sino a través de una de mis empresas pantalla especializada en la fabricación de medicamentos. Fueron muy receptivos desde el principio, y su interés se acrecentó cuando sugerí la posibilidad de financiar su investigación.

Qué individuos más ingenuos, estos científicos. Para ellos es legítimo que sean otros quienes paguen sus jueguecitos; al fin y al cabo, trabajan en favor de la Humanidad. No tienen mucha idea de cómo funciona este mundo. El dinero, claro, es lo que mueve todo. El capital es quien forja los ideales, o los destruye si es lo que interesa. Puede aniquilar países, desmembrarlos, reducirlos a cenizas. Las guerras en las que cada día mueren miles de personas tienen por único objeto servir a quienes ostentan el poder económico. Golpes de Estado, sublevaciones nacionales, terrorismo, pandemias… Todo eso y más, mucho más.

Al cabo de un año, había transferido más de diez millones de euros a la clínica donde realizaban sus ensayos. Aunque, en realidad, había hecho mucho más que eso. Elsa Bloch no lo sabe, pero dos de los becarios que integran su equipo están pagados por mí.

Es una pena, lo pienso a veces, que se aboliera la esclavitud. Me hubiera facilitado mucho las cosas poder comprarla a ella también. Qué estupidez. De todas formas, la moralista sociedad moderna ha concebido en su lugar otro tipo de esclavos. Elsa Bloch lo es, sin saberlo, igual que los miles de miserables que pululan por las calles de la ciudad que contemplo en este instante.

Volveré a caminar. La sola idea me vuelve loco. Sentir mis pies, apoyarlos en el suelo y pisar con fuerza.

 

 

Las novedades recibidas me han levantado el ánimo. Me apetece salir un poco a que me dé el aire. Aviso a Reus y me encamino hacia mi ascensor privado. Se trata de un modelo único al que se accede exclusivamente por huella dactilar. Además, está fabricado a prueba de incendios y sabotajes. Rothko, del que espero deshacerme pronto, me ha obligado a extremar mis medidas de protección en los últimos meses.

En el vestíbulo me reciben dos vigilantes. Uno de ellos hace el ademán de sujetar mi silla por detrás con intención de guiarla, pero afortunadamente su compañero le advierte con un gesto. 

-Perdón… -balbucea.

No digo nada, pero grabo en mi mente el nombre que figura en su placa para asegurarme de que sea despedido, tanto él como el imbécil que lo contrató. Mi edificio, huelga decirlo, es el que goza de mayor movilidad laboral de toda la ciudad.

Roberto me aguarda en la salida, con la puerta del Jeep abierta. Lleva dos años trabajando para mí, y eso es decir mucho. Me gusta su aspecto; cejas espesas y ojos negros y turbios, como sin vida. En la práctica es mudo; habla solo cuando le pregunto.

Fue policía en los noventa, pero cometió el error de cargarse a un tipo que maltrataba a su esposa en mitad de la calle. La retenía en el suelo, con una navaja apretando su cuello, y amenazaba con degollarla allí mismo si no aceptaba volver con él. En el juicio, la mujer lo negó todo, hasta la navaja. Lo condenaron por homicidio y fue expulsado del cuerpo. Se sumió en una depresión y comenzó a beber. Entonces su esposa le pidió el divorcio y tuvo que marcharse de casa. Cuando lo encontré, trabajaba de gorila en un puticlub a cambio de techo y comida.

Ahora nunca bebe.

-¿A dónde?

-Me apetece darme una vuelta por las fábricas. No es necesario que informes a nadie. Prefiero que sea una sorpresa.

Roberto asiente de forma muy leve. Tanto, que resulta imperceptible para cualquiera que no sea yo. Nos vamos conociendo.

Llamo fábricas a los negocios que mantengo en la ciudad. Un par de casas de apuestas, varios clubs nocturnos, un edificio abandonado en las afueras donde blanqueo parte de mi dinero. Y la Bolsa de Madrid, claro. La alcancía gorda, como yo la llamo. Ahí es donde se encuentra el auténtico capital, donde he amasado la mayor parte mi fortuna. Podría decir que el resto es accesorio. Pura diversión. Me gusta mantenerme en contacto con estos ambientes turbios, donde todo es tan primitivo y  sucio. Me recuerda quién soy, de dónde vengo.

Aquí, entre esta gente que no dudaría en meterte una bala en la cabeza por una ofensa, encuentro más verdad que en cualquiera de los despachos de ladrones vestidos de pingüino en los que me muevo habitualmente. Además, me proporciona ciertas “satisfacciones”.

 

domingo, 26 de noviembre de 2023

BREVE DESCRIPCIÓN DEL BLOG



Este blog nace con el propósito de publicar en formato abierto y gratuito la novela titulada "Yo soy Ángel Salazar". 


Ángel es el protagonista de la Trilogía del Psicópata, compuesta de los títulos: Confesiones de un psicópata adolescente, El rostro de la locura y No mires atrás. En la historia que os presento han transcurrido diez años desde su última aparición, pero no es imprescindible haber leído ninguna de ellas para seguir la trama que os presento ahora. 


Todos los miércoles, a la hora del café, publicaré un nuevo capítulo que podréis leer de forma gratuita exclusivamente en este blog, ya que de momento no hay planes para editar la novela en un formato tradicional. Se agradecerá cualquier comentario, incluso crítico. Con esta experiencia busco precisamente esa interacción con el lector que resulta imposible mantener en los libros tradicionales.


Una última advertencia, MUY IMPORTANTE: No leas esta historia si te consideras una persona impresionable. La historia que aquí narro incluye escenas truculentas, algunas de gran violencia, y no me hago responsable si en algún momento resulta herida tu sensibilidad. Hay otros autores, otros libros, otras historias que podrían convenirte más que las andanzas de este malnacido llamado Ángel Salazar. 

miércoles, 22 de noviembre de 2023

Capítulo 1. Mi equipo

 


1

No tengo más que acariciar el teclado de mi silla de ruedas para situarme frente a la ventana de mi despacho. Un cristal azul templado, transparente solo desde este lado, que me proporciona una panorámica completa de la ciudad.

Soy consciente de que muchos matarían por tener lo que yo tengo. De hecho, ese es el problema. Probablemente acabarían consiguiéndolo, si no me hubiese preocupado de matarlos yo primero. Es curioso. Al parecer, he luchado toda mi vida para escalar hasta este lujoso ático construido en el mejor rascacielos de la ciudad más importante del país y, sin embargo, ahora que lo he conseguido me doy cuenta de que no es más que el primer peldaño de una larga escalera. Una escalera mecánica, de esas que te conducen hacia arriba, indefectiblemente, siempre hacia arriba…

Eso es, ahí está la imagen, la de una escalera infinita, eterna, una de la que no podré apearme nunca. Y, en el fondo, eso está bien, ¿verdad?

No sé, a veces me asalta la duda.

Rothko, Simon. Es él quien espera arriba, apenas dos escalones por encima de mí. Ha situado una montaña de maletas entre ambos, a modo de barrera. Cree que así logrará mantenerse a salvo en su lujoso rellano. Infeliz.

He segado muchas vidas (me gusta esa forma de decirlo: segar, como si un muerto no fuera más que un tallo de espiga). No es que me sienta orgulloso de ello, tan solo constato un hecho. Tampoco me culpo, entendámonos. ¿Por qué habría de hacerlo? Se trata de una mera cuestión de supervivencia. En la vida, unos ganan y otros pierden, no hay más. Y Rothko va a perder, aunque él todavía no lo sabe.

Mi mayor ventaja; que no existo. Existí hace años. El nombre con el que se me conoció ya no es más que un recuerdo. Ahora soy Hugo Kingsman. También Mauro Castillo, y Umberto Jorio, Markus Mogilevic… Todos ellos falsos y, a pesar de todo, perfectamente vivos. Hugo, por ejemplo, es un abogado de prestigio. Mauro, un bibliotecario millonario. Umberto, un corredor de bolsa bastante exitoso, y Markus Mogilevic un oligarca ruso caído en desgracia.

Todos ellos soy yo, o mejor dicho, yo soy cada uno de ellos cuando necesito serlo.

Vuelvo a acariciar mi teclado y ordeno a la silla deslizarse hasta la puerta de mi despacho, que se abre silenciosamente a mi paso.

Esta silla, que ha costado varios millones de euros, diseñada expresamente para mí, dotada de los mayores avances tecnológicos… Esta silla, como decía, el único medio de que dispongo para desplazarme, es también mi prisión. Es lo que me recuerda constantemente quién soy, quién fui una vez: la persona que murió hace diez años de un preciso disparo ante cientos de testigos, en el transcurso de un torneo de ajedrez.

Esta jodida silla, es la herencia que recibí de Ángel Salazar.

 

 

El pasillo es ancho y diáfano, adaptado con precisión a las dimensiones de mi silla de ruedas motorizada. No tengo temor de encontrarme con nadie, ya que el tránsito en esta planta está diseñado para que solo se pueda circular en una dirección. Tampoco es que haya demasiado personal por aquí. Reus, mi secretaria, José María Espronceda, y yo mismo. El resto de mi equipo, unos ciento y pico de empleados aproximadamente, trabajan desde casa. Por descontado, ninguno me conoce. Para ellos solo soy un nombre, Kingsman, y una firma estampada en el logotipo de la empresa.  

Sitúo mi silla frente a la puerta de cristal laminado y esta se abre eficiente, silenciosamente. Reus levanta la mirada de su ordenador, sobresaltada. Eso me agrada, no sé por qué razón. Descubrir el miedo en los ojos de los demás es algo que siempre me ha causado satisfacción. Le sonrío y ella finge alegrarse al verme.

-Hola… Hugo –dice, comenzando a incorporarse.

Ha dudado al escoger mi nombre. Es la única persona en el mundo que conoce mis otras identidades, descontando, claro está, a José María. Probablemente haya descubierto también lo de Ángel. No es estúpida, debe haber atado cabos. Aun así, tengo absoluta confianza en ella. Nunca me traicionaría.

La adquirí en 2020, en plena crisis de pandemia. Por casualidad, podría decirse, aunque no sea yo muy dado a creer en casualidades. Viuda de un alto cargo de la embajada española en Suiza, tras su muerte descubrió que toda la herencia que le había dejado su amado esposo consistía básicamente en un montón de trampas. Acudió bastante agobiada a una de mis empresas pantalla en Berna en busca de trabajo, en el transcurso de una de mis visitas. Su expediente me convenció: dominio de cinco idiomas, licenciatura en Economía y Derecho, Máster en Dirección de Empresas… y, sobre todo, tres hijos menores de edad a su cargo. Supe de inmediato que era la persona idónea. Intuición, nada más que intuición, pero he aprendido a fiarme de estas cosas.

La rechazaron por estar demasiado cualificada para el puesto, pero yo la estaba esperando en la puerta con el objetivo de ofrecerle algo mejor. Hablé con ella, le expuse mis condiciones, y la pobre mujer aceptó sin titubeos. Fue lo suficientemente lista para darse cuenta de que no tenía alternativa.

-No es necesario que te levantes. Será una visita rápida.

Ella obedece. Se sienta muy recta, más rígida que un palo. Dibuja una especie de sonrisa que afea aún más su rostro, y guarda silencio.

-¿Ha llegado el informe de Lausana?

-Aún no, pero es muy temprano todavía. De todas formas, si quieres, llamo yo.

-No será necesario… -dudo un momento-. Espero que no haya más errores con esto.

-No debería haberlos. El último informe que recibimos era muy prometedor.

-Sí, lo sé –la miro a los ojos y sonrío. Es algo que se me da muy bien-. ¿Qué tal tus hijos?

-¿Mis hijos? –Traga saliva-. Como siempre, ya sabes…

Abro mi sonrisa, enseño los dientes.

-Cuida de tus hijos, Reus, Cuídalos bien –le digo. Y sin dar tiempo a que me responda, salgo de su despacho.

Como ya he dicho, estoy seguro de que nunca me traicionaría.

 

 

Sin perder el tiempo, dirijo mi silla hacia el despacho de Espronceda, mi abogado, además de otras cosas. Lo conozco desde niño. La primera vez que contraté sus servicios, acababa de cumplir catorce años. Había sido detenido bajo la acusación de narcotráfico y organización criminal. José María no pudo hacer mucho, ya que la policía halló la droga en mi casa, junto con mi revólver y la libreta donde anotaba los pedidos. Me cayeron dos años en un centro de menores, seguidos de una breve estancia en una planta de psiquiatría. No me gusta pensar en ello.

Por cierto, fue mi propio padre quien me delató.  Me hubiera gustado encargarme de él con mis propias manos, pero él se me adelantó, quizá previendo lo que iba a suceder. Se ahorcó en la ducha, el muy hijo de perra. Sus huesos se pudren junto a los de mi madre, que murió años después, asesinada por la misma persona que me dejó postrado en esta silla de ruedas.

-Ángel… -me saluda sin levantar la vista del ordenador. En la intimidad, me llama por mi verdadero nombre. Es una petición mía. Me gusta oírlo de vez en cuando para no olvidarme de quién soy.

-Hola. ¿Alguna novedad?

-Me temo que sí.

Me animo un poco. Por regla general, todo funciona como la seda, y eso me aburre. Es lo que tiene contar con una buena organización. A ello contribuye, por supuesto, el hecho de que la mayoría de mis “competidores” (me hace hasta gracia hablar así de ellos) sean estúpidos y predecibles. Todos salvo Rothko, claro. Pero de él me ocuparé pronto.

-¿Qué ocurre?

-No es nada grave. Se ha fugado una de las putas de Getafe. Una ucraniana.

-¿Cómo ha sucedido?

Espronceda mira de reojo su ordenador antes de contestar:

-No lo sé con seguridad aún, pero me lo puedo imaginar. Un despiste de nuestra gente. La mayoría de ellos consume algún tipo de droga y eso pasa factura antes o después.

Respiro hondo.

-¿Podría causarnos problemas?

-Potencialmente. Si va a la policía y cuenta lo que sabe… Tendríamos que cerrar Getafe.

-Comprendo. Hazlo ya, ciérralo todo. Que se lleven a las demás chicas a Galicia. Y avisa a Carlos.

Espronceda no pestañea al escuchar su nombre. Si le ha afectado no lo refleja en su rostro. Eso es lo que siempre me ha gustado de él.

-¿Limpieza?

-Todo. Esa puta y los imbéciles que la han dejado escapar.

-De acuerdo.

-¿Algo más? –Pregunto, deseando que me diga que sí, pero él mueve la cabeza en sentido negativo. Lástima. Reconozco que me ha alegrado un poco la mañana, que ha comenzado algo mustia.

Hoy espero una noticia importante que tarda en llegar.

Odio esperar.

 

 


martes, 21 de noviembre de 2023

Yo soy Ángel Salazar. Preámbulo


 

PREÁMBULO

Los bisbiseos resultan cada vez más audibles desde donde me encuentro. Y Olsen ya no solo se mueve inquieto en la silla. Está a punto de saltar. ¿A qué esperas, Ventura?

De nuevo me giro hacia el público y esta vez clavo una mirada colérica, provocadora, en un punto indeterminado de la turba. Estoy retándolo abiertamente, pero él sigue sin mostrarse.

Lo veo claro. Quiere hacerlo al final. Durante los últimos compases de la partida. Bien. Si eso es lo que busca, eso es lo que le daré. Adelante.

Inicio el ataque final. Caballo-seis-Caballo…

 Olsen se lleva la mano a su cabello rojizo cortado al estilo militar, consciente de que ha perdido. Tendría rendir el Rey, pero no lo hace. Debe estar en shock. Vuelvo a mirar a la platea y ahora sí que percibo un movimiento extraño entre el público.

Alguien se levanta de su asiento. Es el periodista que ha llegado tarde, el que ha ocupado la butaca que quedaba libre delante de Santiago. En ese momento me doy cuenta. A través de los gruesos y deformantes cristales de sus gafas reconozco sus ojos de asesino. Levanta una cámara y me enfoca con ella, directamente a la cabeza. Yo introduzco la mano en el bolsillo. No tendré más que una oportunidad porque sé que él no va a fallar el tiro.

Fijo las miras un instante y aprieto el gatillo.

 

 

 

 

 

Capítulo 47. Un nuevo comienzo

  Han transcurrido dos semanas desde que mantuve mi última charla con José María. En este tiempo no se han producido grandes acontecimientos...